martes, 8 de febrero de 2011

Cuadernos de Traslasierra



1) La noche estaba profusamente estrellada. Un cielo exagerado de estrellas para un porteño en Traslasierra, provincia de Córdoba. La carne del chivito trepidaba en la parrilla. Entre los comensales se encontraba un contador de la zona de San Francisco, una ciudad media enclavada en el corazón de la pampa gringa, el paraíso de la “República de la Soja” o de ese “País maceta” al que muchos quieren reducir a la Argentina. Hombre joven, mediana edad, preocupado por cuestiones políticas, por la modernización no sólo en términos económicos sino también sociales y políticos. Repetía como un mantra que los argentinos debíamos ser “más civilizados”. Yo miraba divertido cómo un hombre del “interior” levantaba la bandera civilizatoria del aporteñado Domingo Faustino Sarmiento. Y esperaba su discurso obvio y malinchista, no sin cierto prejuicio de mi parte. Pero debo reconocer que me sorprendió: “Te pongo un ejemplo –dijo mientras apuraba el Sirah que tan bien conjugaba con la carne asada–, le hacía los números el otro día a un importante empresario de mi región ¿no? Reviso las cuentas de 2010 y veo que había un crecimiento por inflación de costos del 12% y una ganancia neta del 25% respecto del año pasado. La suba de gasto en salarios era apenas el 30% respecto del costo y las ventas habían aumentado un 10%. Sin embargo, el hombre había ganado un 25%, ¿quién se comió el 15 restante? Él, claro, ¿y de dónde salía? Del aumento desproporcionado de los precios al consumidor ¿Vos te creés que es uno solo? –preguntó con un dejo finito de tonada cordobesa como la que tienen los que viven en la frontera santafesina–. Te vas a sorprender, te vas a sorprender…”
Otro de los comensales, de indubitable lógica de izquierda, sacó la cuenta rápido: “Podría haberle dado un aumento a sus trabajadores de más del 30% sin ningún problema.” El sanfrancisqueño sonrió y dijo como quien sabe que gana la partida: “Ajá, ¿pero saben qué? El hombre no le pagó el aguinaldo a tiempo porque, argumentó, no le habían cerrado las cuentas del año… Y les aclaro –remató–, se trata de un empresario honesto que no evade innecesariamente impuestos.”
Intercedo. Y le pregunto qué tiene que ver el egoísmo de un hombre de negocios con la civilización. “Primero no es un hombre –aclara–, es una cultura, una forma extendida de hacer negocios. Segundo, las sociedades civilizadas se reconocen por el grado de solidaridad entre sus miembros y por la vergüenza que producen los egoísmos desenfrenados.”
Interesante. Imaginemos que no se trata de un simple empresario de Córdoba. Por un momento, pensemos que la clase dirigente argentina –industriales, ruralistas, empresarios, comerciantes, financistas, intelectuales, políticos– actuara de la misma forma que relataba el contador del asado. La nuestra sería de alguna manera una sociedad de freeriders (llaneros solitarios), en palabras del ultraliberal Robert Nozick. En su libro Anarquía, Estado y Utopía, el pensador estadounidense describe una parábola: Si en un barrio, los vecinos quieren pavimentar un camino todos deben actuar en forma solidaria para conseguir el objetivo común que los beneficia a todos por igual. ¿Pero qué ocurre si uno de ellos no quiere colaborar por el motivo que sea? Será, sin dudas, el más beneficiado, ya que sin costo alguno obtendrá su beneficio, es decir, el asfalto hasta la puerta de su casa. ¿Pero si es más de uno el freerider? ¿Si la mitad de los vecinos especulan con no ser “el gil” que colabora? ¿Cuántos freeriders tolera una sociedad? ¿Cómo actuaría usted, estimado lector, en el caso del camino de tierra? ¿Sería un “gil solidario” o un “piola vividor”? Evidentemente, a mayor número de egoístas y especuladores, menor es la probabilidad de que el camino resulte pavimentado para bien de todos.
¿Es la Argentina –por las razones que sea– un país de freeriders?
¿Puede construirse un país con millones de freeriders?

2) Días después volví sobre las palabras del contador sanfrancisqueño. Sobre su interesante concepción sobre la “civilización” como los mecanismos de interrelación entre los integrantes de una sociedad, como la lucha constante entre las pasiones individuales y el bien común. Leo en mi descanso veraniego en Traslasierra –quebrado, apenas, por la confección de esta columna para el diario– el libro del sociólogo figurativo Norbert Elías, El proceso de la civilización. Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas. Es un texto muy interesante que describe de qué manera Europa construyó su propio camino civilizatorio a través de diferentes pautas culturales y en función de la división del trabajo, la consolidación del Estado y el monopolio de la fuerza por parte de ese mismo aparato. Elías sostiene que la sociedad moderna –resultado civilizatorio– está constituida por la presencia del Estado y su contratara y consecuencia, el control y el autocontrol de los individuos para vivir en comunidad.
Lejos de aplicar un esquema positivista y similar al de la Teoría de la Modernización de los años cincuenta y sesenta –Elías tampoco lo hace–, voy a jugar en esta nota, no sin cierta irresponsabilidad, con algunos de sus conceptos. El Estado argentino, de una manera espuria y bastarda, es hijo de ese proceso civilizatorio europeo. Pero como bien dice Jorge Luis Borges en “Nuestro pobre individualismo”, el argentino descree del Estado. Razones no le faltan para esa desconfianza típica de los freeriders. Durante décadas, el aparato estatal ha sido una estancia feudal en un principio, un cuartel imponedor o impedidor –en el mejor de los casos–, o ya en democracia se ha encontrado con la titánica tarea de intentar “civilizar” a la sociedad –esto dicho con exceso de ironía– ya sea como “compromiso fallido” en el primer alfonsinismo, como “liberador de los egoísmos desenfrenados” durante el menemismo y como “imposición velada del compromiso” por parte del proceso abierto en 2003. En algún punto, tanto el peronismo como el kirchnerismo son devotos de los pactos sociales, de la solidaridad entre los miembros, son “pavimentadores de caminos comunes”, pero a veces por deficiencias propias y otras –las más– por la brutalidad de la desconfianza del argentino hacia el Estado o la voracidad descontrolada y cortoplacista de las clases dirigentes, no han encontrado otra mejor fórmula que la de “obligar” a los sectores dominantes al compromiso social, construir un “Estado de Bienestar de prepo”.
Escribí hace unas semanas que la Argentina vivió durante siglo y medio en una especie de “empate hegemónico” en el cual ni el sector liberal-conservador ni el nacional-popular han logrado imponerse. Este año que se inicia es una gran oportunidad para la democratización y la institucionalización de nuestro país. Por primera vez, un modelo desmonopolizador, descentralizador y democratizador tiene la posibilidad de manejar el Estado durante más de diez años seguidos. Los juicios por las violaciones a los Derechos Humanos son un hito para la educación civilizadora de nuestra democracia: es un mensaje de “nunca más” real para el futuro, genera en los futuros golpistas el “autocontrol”, ya que no sólo hace público lo inenarrable, sino que también genera el miedo a ser condenado pase el tiempo que pase. El matrimonio igualitario es otro mojón en esta ruta: pone un freno indubitable a la coacción de los deseos y los derechos de la otredad y es una invitación a la ampliación de derechos de lo marginado y lo discriminado. El pacto social espoleado por la presión del movimiento obrero organizado obliga a negociar permanentemente a los sectores dominantes que continúan aferrados a la “barbarie” del egoísmo desmesurado, de la renta a cualquier costo, de la especulación desenfrenada. Si la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se presenta a las elecciones de octubre y las gana, tendrá un desafío histórico: a) dotar de una institucionalidad sustantivamente democrática al Estado y a la sociedad a través de un cambio cultural que atraviese los partidos políticos, las corporaciones, las organizaciones no gubernamentales y llegue hasta las terminales capilares que son las familias y los individuos, y b) persuadir a los argentinos –con las pruebas obtenidas durante estos años– de que el mejor negocio es el compromiso social y lograr que los individuos sientan vergüenza de ser freeriders, que no puedan sonreír burlones y autosuficientes aquellos que se benefician con el esfuerzo de los demás, o como decía Enrique Santos Discépolo, que ya no sea lo mismo “el que labura noche y día como un buey, que el que vive de los otros, que el que mata, que el que cura o está fuera de la ley”.

Publicado en Tiempo Argentino, el 9 de enero de 2011.

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