La anécdota la conocí en la Facultad de Ciencias Sociales, en una de esas aulas empapeladas de carteles con siglas de grupos de izquierda impronunciables, una profesora de cadencia arrabalera la narró no sin cierto don histriónico. El protagonista es Giuseppe Garibaldi, el héroe romántico nacido en la Niza italiana del siglo XIX, aquel que con sus mil camisas rojas invadió la península a través de Sicilia, le dio su merecido al Vaticano y le ofreció a Vittorio Emanuele II, soberano de la Casa de Saboya, el territorio unificado de Italia. Contaba mi profesora que en una engalanada fiesta de la Corte, después de firmado el Tratado de Turín, entre la casa de Saboya y Francia, por el cual la Niza italiana se convirtió en la Nice francesa, Garibaldi, que tenía más de bersagliere que de cavaliere, les escupió en la cara al rey y a su ministro Cavour: “¡Traidores, yo les construí una nación y ustedes me dejaron sin patria!”. Tenía razón: él, que había llevado adelante la campaña militar de la unificación italiana, ya no era italiano sino francés, porque la Corona había entregado a Francia la ciudad donde él había nacido. Había sido convertido por el desdeñoso rasgueo de una pluma sobre un papel en un apátrida.
En nuestras tierras también tenemos un apátrida célebre. Un rioplatense que ayudó a liberar a su patria y fue despojado de ella. Su nombre es José Gervasio de Artigas y fue, quizás, el revolucionario y demócrata más profundo de los próceres argentinos. Porque, mal que les pese a orientales y occidentales, Artigas fue un argentino hasta el último día de su vida. Y, como ocurrió con Garibaldi, también se quedó sin patria.
La primera marca argentina de Artigas figura en el Plan Revolucionario de Operaciones, de Mariano Moreno, quien, en su capítulo dedicado a la Banda Oriental, recomienda entrar en tratativas con el capitán de blandengues José de Artigas. Pero es el propio jefe oriental el que con su acción política demostró su voluntad por mantener su argentinidad. Entre los años 1810 y 1820 participó política y militarmente dentro del territorio de las por entonces Provincias Unidas, y su protectorado de los pueblos libres abarcó la Banda Oriental, la Mesopotamia, Santa Fe y Córdoba. Su proclama de Mercedes, el 11 de abril de 1811, reconoció la regencia de la Junta de Buenos Aires, y encabezó el éxodo oriental hasta tierras occidentales. Además, la versión original del himno argentino celebraba las victorias de San José y Piedras, libradas bajo la comandancia de Artigas en suelo oriental. En 1812 estableció que la Provincia Oriental formara parte indisoluble de las Provincias Unidas y envió sus diputados a la Asamblea del año XIII con instrucciones precisas: independencia, federalismo, libertad civil y religiosa, forma republicana de gobierno, ubicación del gobierno federal fuera de Buenos Aires. Sus exigencias fueron demasiado para los políticos porteños, que deseaban un maniobrable país-maceta con ellos a la cabeza. Artigas, entonces, se convirtió en enemigo acérrimo de los directoriales –posteriormente unitarios– que hicieron lo posible, lo imposible y lo aberrante para sacarse de encima al líder oriental. Es decir, intentaron sobornarlo con la independencia del Uruguay, pero Artigas se negó dos veces. Finalmente, el director supremo, Juan Martín de Pueyrredón, pactó con los portugueses la entrega de la provincia a cambio de que le sacaran de encima a Artigas.
El líder de los orientales continuó con su derrotero hasta que vencido por el, al menos, irresponsable caudillo entrerriano Francisco “Pancho” Ramírez, se exilió en el Paraguay. Cuando Uruguay se independizó, Artigas exclamó: “Yo ya no tengo Patria”. Y tenía razón: Su patria, las Provincias Unidas del Río de la Plata, había expulsado a la provincia donde él había nacido. Artigas se había convertido en un apátrida que añoraba una nación que ya no existía: la gran federación americana. Antes de morir, en septiembre de 1850, apenas un mes después que José de San Martín, encabezó su testamento: “Yo, José Gervasio de Artigas, argentino, de la Banda Oriental…”. Como en los melodramáticos versos de Carlos Guido y Spano, Artigas había sido “argentino hasta la muerte”.
Hay, en el exilio de Artigas, una fuerza metafórica que alumbra una verdad poética. Quizá, el líder de los orientales haya sido el desterrado perfecto: es un exilado que añora una patria que no existe. Y quizá, de alguna manera, todos los habitantes de las provincias de la Argentina, Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay formemos parte del mismo ostracismo. Tal vez todos hayamos quedado cautivos en esa imposibilidad de retorno, en esa melancólica certeza de saber que nuestros paisitos son más pequeños y mezquinos que el quimérico desvarío de José Gervasio de Artigas.
domingo, 9 de mayo de 2010
Perón, Pino, Cooke y Sabbatella
Hernán Brienza
“-¿Cómo identificamos al aliado y al enemigo? Usted definió al compañero y al traidor, ¿puede definir al aliado?
-Bueno, un aliado es el que trabaja por la misma causa que trabajamos nosotros. También lo dice Mao: `Lo primero que el hombre ha de discernir cuando conduce es establecer, claramente, cuáles son sus amigos y cuáles sus enemigos`, y dedicarse después, esto ya no lo dice Mao, lo digo yo: al amigo, todo, al enemigo ni justicia. Porque en esto no se puede tener dualidades. Todo el que lucha por la misma causa que nosotros es un compañero de lucha, piense como piense. Y nosotros no tenemos que tener suspicacias, en ese sentido, porque ninguno de los grupos que se incorporan al peronismo, con buenas y otras veces con peligrosas intenciones, nos harán peligrar a nosotros. Porque todavía nadie ha conseguido teñir el océano con un frasco de tinta”.
Quienes realiza la pregunta la pregunta son los jovencísimos Octavio Gettino y Fernando Pino Solanas y el que responde con su pintoresquismo habitual no es otro, claro, que Juan Domingo Perón, en esas charlas filmadas que mantuvieron en Puerta de hierro, en el exilio madrileño del viejo General, entre julio y octubre de 1971. En ella, el líder del justicialismo vuelve a formular una de las principales máximas de su pensamiento político: la estrategia militar. Para Perón, la primera operación que debe hacer todo hombre político es la definición del enemigo para, luego, establecer tácticas y estrategias.
Esta semana, uno de los entrevistadores de ese Perón –Pino, claro- ha trepado a la tapa del diario Clarín gracias a su frase “La perla negra del día es para Sabbatella, el testimonio de la vergüenza” y al mismo tiempo ha recibido la calurosa bienvenida de Mariano Grondona quien le dijo con ternura de lavanderita “Sepa, Pino, que yo me siento cada vez menos alejado de usted”. Los síntomas pondrían en alerta a cualquier hombre del progresismo, de la centro-izquierda, del campo nacional y popular o como se quiera llamar. El diario que representa al grupo mediático más concentrado y el intelectual orgánico de la “derecha” argentina han abierto las puertas y han dejado que se sacudiera los pies en el felpudo de su casa. Solanas es un hombre de destacada trayectoria política y cultural; a su arte comprometido –La hora de los hornos, El exilio de Gardel, Sur- se suma también su militancia en el Frente del Sur, en 1992, desde dónde intentó enfrentarse a la por entonces locomotora menemista. En los últimos meses se enfrentado con excesivo ahínco a las políticas del gobierno de Cristina Kirchner, al que caracterizó como “lo mismo que el de Carlos Menem” en una operación ideológica que consiste en diferenciarse homogeneizan lo desigual para obtener rédito político personal. De más está decir que menemismo y kirchnerismo no son lo mismo: la tracción que ejerce el actual gobierno es diría a contramano de la del de la década del noventa. Basta repasar las medidas de los últimos tres años y la elección de sus adversarios: el conflicto con los exportadores sojeros, la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, la Asignación Universal por hijo, la Jubilación para amas de casa para, por lo menos, atemperar las ganas de meter a todos los gatos en la misma bolsa.
Por su lado, Sabattella, un hombre que viene de la izquierda tradicional no peronista, que conoce los sinsabores y la rutina de la gestión ejecutiva –uno podría decir que no sólo no entrevistó a Perón sino que, además, abrevó en otras literaturas- ha decidido realizar un análisis –esto dicho con humor- “peronista” de la situación. Y ha elegido como exegeta del peronismo –aún cuando no lo haya hecho efectivamente, claro- a uno de sus hombres más interesantes de ese movimiento: John William Cooke. El “Bebe” escribió en otros tiempos que “el peronismo no desaparecerá por sustitución sino mediante superación dialéctica, es decir, no negándolo, sino integrándolo en una síntesis”.
Desde la irrupción del Yrigoyenismo en la historia argentina, la izquierda siempre ha tenido problemas para analizar y actuar frente a las experiencias de mayor o menor componente nacional y popular. El síndrome “Américo Ghioldi” o “Victorio Codovilla”, consiste en enfrentarse, en nombre de un purismo ideológico cerrar filas con los sectores del conservadorismo político, económico y social, a experiencias relativamente progresistas. O en palabras del Perón del 73: “la izquierda de la izquierda es funcional a la derecha”.
La historia se repite alternativamente como tragedia y comedia sucesivamente. Aprender de los errores de construcción política es una obligación de los dirigentes políticos del campo “nacanpop” y exige, también, una responsabilidad en los resultados futuros. Por último, en esa misma entrevista que dio en Madrid, Perón –siempre afecto a los ejemplos- relató la siguiente anécdota: “Decía el mariscal de Sajonia que él tenía una mula que le había acompañado en más de diez campañas, pero decía también: `La pobre mula no sabe todavía nada de estrategia”. Más allá de la humorada, seria saludable que la centro-izquierda sea como los perros de pueblo: que le chumben a los gobiernos para marcarles el rumbo pero que nunca se le pongan delante para entorpecer el paso y dejar pasar a los fabricantes de tinta china.
“-¿Cómo identificamos al aliado y al enemigo? Usted definió al compañero y al traidor, ¿puede definir al aliado?
-Bueno, un aliado es el que trabaja por la misma causa que trabajamos nosotros. También lo dice Mao: `Lo primero que el hombre ha de discernir cuando conduce es establecer, claramente, cuáles son sus amigos y cuáles sus enemigos`, y dedicarse después, esto ya no lo dice Mao, lo digo yo: al amigo, todo, al enemigo ni justicia. Porque en esto no se puede tener dualidades. Todo el que lucha por la misma causa que nosotros es un compañero de lucha, piense como piense. Y nosotros no tenemos que tener suspicacias, en ese sentido, porque ninguno de los grupos que se incorporan al peronismo, con buenas y otras veces con peligrosas intenciones, nos harán peligrar a nosotros. Porque todavía nadie ha conseguido teñir el océano con un frasco de tinta”.
Quienes realiza la pregunta la pregunta son los jovencísimos Octavio Gettino y Fernando Pino Solanas y el que responde con su pintoresquismo habitual no es otro, claro, que Juan Domingo Perón, en esas charlas filmadas que mantuvieron en Puerta de hierro, en el exilio madrileño del viejo General, entre julio y octubre de 1971. En ella, el líder del justicialismo vuelve a formular una de las principales máximas de su pensamiento político: la estrategia militar. Para Perón, la primera operación que debe hacer todo hombre político es la definición del enemigo para, luego, establecer tácticas y estrategias.
Esta semana, uno de los entrevistadores de ese Perón –Pino, claro- ha trepado a la tapa del diario Clarín gracias a su frase “La perla negra del día es para Sabbatella, el testimonio de la vergüenza” y al mismo tiempo ha recibido la calurosa bienvenida de Mariano Grondona quien le dijo con ternura de lavanderita “Sepa, Pino, que yo me siento cada vez menos alejado de usted”. Los síntomas pondrían en alerta a cualquier hombre del progresismo, de la centro-izquierda, del campo nacional y popular o como se quiera llamar. El diario que representa al grupo mediático más concentrado y el intelectual orgánico de la “derecha” argentina han abierto las puertas y han dejado que se sacudiera los pies en el felpudo de su casa. Solanas es un hombre de destacada trayectoria política y cultural; a su arte comprometido –La hora de los hornos, El exilio de Gardel, Sur- se suma también su militancia en el Frente del Sur, en 1992, desde dónde intentó enfrentarse a la por entonces locomotora menemista. En los últimos meses se enfrentado con excesivo ahínco a las políticas del gobierno de Cristina Kirchner, al que caracterizó como “lo mismo que el de Carlos Menem” en una operación ideológica que consiste en diferenciarse homogeneizan lo desigual para obtener rédito político personal. De más está decir que menemismo y kirchnerismo no son lo mismo: la tracción que ejerce el actual gobierno es diría a contramano de la del de la década del noventa. Basta repasar las medidas de los últimos tres años y la elección de sus adversarios: el conflicto con los exportadores sojeros, la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, la Asignación Universal por hijo, la Jubilación para amas de casa para, por lo menos, atemperar las ganas de meter a todos los gatos en la misma bolsa.
Por su lado, Sabattella, un hombre que viene de la izquierda tradicional no peronista, que conoce los sinsabores y la rutina de la gestión ejecutiva –uno podría decir que no sólo no entrevistó a Perón sino que, además, abrevó en otras literaturas- ha decidido realizar un análisis –esto dicho con humor- “peronista” de la situación. Y ha elegido como exegeta del peronismo –aún cuando no lo haya hecho efectivamente, claro- a uno de sus hombres más interesantes de ese movimiento: John William Cooke. El “Bebe” escribió en otros tiempos que “el peronismo no desaparecerá por sustitución sino mediante superación dialéctica, es decir, no negándolo, sino integrándolo en una síntesis”.
Desde la irrupción del Yrigoyenismo en la historia argentina, la izquierda siempre ha tenido problemas para analizar y actuar frente a las experiencias de mayor o menor componente nacional y popular. El síndrome “Américo Ghioldi” o “Victorio Codovilla”, consiste en enfrentarse, en nombre de un purismo ideológico cerrar filas con los sectores del conservadorismo político, económico y social, a experiencias relativamente progresistas. O en palabras del Perón del 73: “la izquierda de la izquierda es funcional a la derecha”.
La historia se repite alternativamente como tragedia y comedia sucesivamente. Aprender de los errores de construcción política es una obligación de los dirigentes políticos del campo “nacanpop” y exige, también, una responsabilidad en los resultados futuros. Por último, en esa misma entrevista que dio en Madrid, Perón –siempre afecto a los ejemplos- relató la siguiente anécdota: “Decía el mariscal de Sajonia que él tenía una mula que le había acompañado en más de diez campañas, pero decía también: `La pobre mula no sabe todavía nada de estrategia”. Más allá de la humorada, seria saludable que la centro-izquierda sea como los perros de pueblo: que le chumben a los gobiernos para marcarles el rumbo pero que nunca se le pongan delante para entorpecer el paso y dejar pasar a los fabricantes de tinta china.
Nosotros y los otros
Siempre pensé (y sigo pensando) que quien no sale de sí mismo, quien no se enajena para mirarse, quien no se reflexiona desde afuera, lleva en su pecho el germen de la hijoputez. Siempre supe que quienes actúan decididos, quienes creen tener la razón y actúan en consecuencia con su tozudez se convierten en pichones de fascistas, sean estas personas del color y del sexo que elijan ser: aun cuando se disfracen de víctimas, aun cuando se disfracen de progresistas. Y siempre supe, claro, que el autoritarismo no es otra cosa que una gran demostración de ignorancia, que no es exactamente lo mismo que falta de ilustración. Emmanuel Levinas, ese gran filósofo humanista judío, sostiene que uno es responsable del Otro y que se hace cargo de ese otro cuando lo mira al rostro, cuando comprende que el rostro de ese Otro es también nuestro propio rostro. Si se me permite la humorada, uno podría decir que cuando más Otros vea uno, más responsable de Otros se hace. Es decir, para escaparse del autoritarismo propio no sirve mirar embelesado nuestro propio rostro al espejo muchas veces ni viajar en muchas oportunidades a un solo lugar. Estoy por hacer, claro, un elogio del viaje.
En enero tuve la oportunidad de viajar a México y a Cuba para mirar rostros, para vivir entre su gente, para caminar por las calles del De Efe y de La Habana, para sumergirme en las librerías de viejos de la calle Donceles, ahí muy pegadita al Zócalo, y para respirar el aire húmedo del Malecón repleto de muchachas y muchachos que se debaten entre mirar hacia Miami o sostener las fachadas de las casas que se derrumban sobre el Malecón. Pude comprobar que, como decía Mario Benedetti, en La Habana “hay mulatas en todos los puntos cardinales” y que México es un país habitado por gente que tiene dos mil años de historia en su rostro y los muestran en cada mirada de altivez o sumisión.
Viajar sirve para mirar al Otro. Y mirar al Otro significa, en una dialéctica irrefutable, mirarse a sí mismo. Quien viaja se recorre. Durante el viaje uno sabe quién es, porque se reconoce en los Otros. Mi Virgilio mexicano, Juan José Carrillo, un lúcido politólogo de la UNAM –esa “monstruosa” ciudad universitaria pensada para un país con destino de grandeza. Digresión dentro del entreguionado: los murales de Juan O’Gorman de la biblioteca de la universidad son mucho más apabullantes de lo que uno puede percibir en las fotos– me acompañó por las librerías y me regaló un tomo de un libro clásico de la filosofía política de su país: La raza cósmica, escrito por José Vasconcelos en 1925.
Nacido a finales del siglo XIX, Vasconcelos fue el hombre de cultura más importante de la poderosa y romántica Revolución mexicana. Para cumplir con mi rol de turista cursi, decidí sentarme a leer el libro en el Café de Tacuba, mientras me servían un café con leche con pan dulce y una concha de miel chocolate (perdón por la broma chusca). En las primeras páginas, Vasconcelos realiza un estudio positivista del origen y el futuro de las razas que hoy puede resultar apenas pintoresco, pero hacia el final de su trabajo, el autor del Ulises criollo publica una serie de crónicas de viaje que incluyen a Brasil y la Argentina. Obviamente, me leí de un tirón esas crónicas, consciente de que había entrado en una paradoja intelectual digna de los guionistas de Lost, es decir, estaba conociendo(me) México a través del recorrido que un mexicano hacía de sí mismo en su viaje a la Argentina. (Juro que en ese momento temí que me comenzara a sangrar la nariz). Y Vasconcelos es muy generoso con la Argentina. Dice: “En el siglo de Independencia no ha habido país latinoamericano que iguale a la Argentina en cultura. Será uno de los primeros países del mundo así que se incorpore el río Paraná. Entonces, sólo los Estados Unidos y el Brasil podrán competir con ella… Es el foco mayor de la cultura española en el continente… La organización social del país entero es la más avanzada del continente y esto le da un promedio mayor de inteligencia disponible… La Argentina será el faro en la noche hispanoamericana… Buenos Aires se convierte en el centro del pensamiento iberoamericano; Buenos Aires es nuestro París, la capital de nuestra América… El pensamiento argentino es claro, amplio y generoso, con algo de la vastedad de la pampa y la frescura de los grandes ríos. Pensamiento constructor, no destructor, optimista y sereno, genuinamente idealista, pero con solidez, sinceridad y equilibrio. La Argentina es a la vez el país más fuerte y el más hermoso de América”. Cuando terminé de leer, el café, claro, estaba frío. Sacudí la cabeza con un gesto “malinchista” (de Malinche: Dícese de quien vive criticando lo propio, deporte preferido de los argentinos), y sonreí con templada nostalgia por mi país que en ese momento me quedaba tan al Sur. Le leí orgulloso el párrafo a Carrillo y me miró con una sonrisa piadosa: “Bueno, ahora no ocurre eso, precisamente”, dijo lacónico. Touché.
Esa noche cometí otra paradoja “lostiana”. Me conecté a internet para recorrerme (recorrer el país de uno siempre es recorrerse) en las palabras del filósofo español José Ortega y Gasset, quien visitó la Argentina tres veces entre 1916 y 1939. Y leí cómo en varios de sus trabajos escribió: “Acaso lo esencial de la vida argentina es eso, ser promesa… La forma de existencia del argentino es lo que yo llamaría el futurismo concreto de cada cual. No es el futurismo concreto de un ideal común, de una utopía colectiva, sino que cada cual vive desde sus ilusiones como si ellas fueran ya la realidad… El pueblo argentino no se contenta con ser una nación entre otras: quiere un destino peraltado, exige de sí mismo un futuro soberbio, no le sabría una historia sin triunfo y está resuelto a mandar… El argentino típico no tiene más vocación de ser ya el que imagina ser. Vive, pues, entregado, pero no a una realidad sino a una imagen. Y una imagen no se puede vivir sino contemplándola. Y, en efecto, el argentino se está mirando siempre reflejado en la propia imaginación. Es sobremanera Narciso. Es Narciso y la fuente de Narciso… ¡Argentinos, a las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos. No presumen ustedes del brinco magnífico que dará este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo personal”.
La parábola “lostiana” había sido completada. Era un argentino en México hurgando narcisísticamente en los recorridos que otros hacían de mí. Miraba al Otro sólo para mirarme a mí. Era un giro extrañamente leviniano. Tenía razón Ortega: los argentinos –políticos, periodistas, almaceneros, prostitutas, sacerdotes, intelectuales, taxistas, la chica que pasa frente al ventanal toda mojada por la lluvia y el diariero que protesta– estamos sumidos en un narcisismo que nos impide ver las cosas. Juan Domingo Perón decía que “la única verdad es la realidad”. Era una enseñanza de una profundidad inabarcable que no fue comprendida. Los argentinos seguimos creyendo que “la única verdad es la ficción que queremos imponerles a los demás”. Entonces, no nos vemos ni a nosotros ni a los Otros. Y seguimos siendo autoritarios. Porque queremos imponer nuestras ficciones a los demás. Fundamentalmente, porque nos ignoramos. Y porque somos narcisistas, que es la más sublime y elegante forma de ser ignorantes.
En enero tuve la oportunidad de viajar a México y a Cuba para mirar rostros, para vivir entre su gente, para caminar por las calles del De Efe y de La Habana, para sumergirme en las librerías de viejos de la calle Donceles, ahí muy pegadita al Zócalo, y para respirar el aire húmedo del Malecón repleto de muchachas y muchachos que se debaten entre mirar hacia Miami o sostener las fachadas de las casas que se derrumban sobre el Malecón. Pude comprobar que, como decía Mario Benedetti, en La Habana “hay mulatas en todos los puntos cardinales” y que México es un país habitado por gente que tiene dos mil años de historia en su rostro y los muestran en cada mirada de altivez o sumisión.
Viajar sirve para mirar al Otro. Y mirar al Otro significa, en una dialéctica irrefutable, mirarse a sí mismo. Quien viaja se recorre. Durante el viaje uno sabe quién es, porque se reconoce en los Otros. Mi Virgilio mexicano, Juan José Carrillo, un lúcido politólogo de la UNAM –esa “monstruosa” ciudad universitaria pensada para un país con destino de grandeza. Digresión dentro del entreguionado: los murales de Juan O’Gorman de la biblioteca de la universidad son mucho más apabullantes de lo que uno puede percibir en las fotos– me acompañó por las librerías y me regaló un tomo de un libro clásico de la filosofía política de su país: La raza cósmica, escrito por José Vasconcelos en 1925.
Nacido a finales del siglo XIX, Vasconcelos fue el hombre de cultura más importante de la poderosa y romántica Revolución mexicana. Para cumplir con mi rol de turista cursi, decidí sentarme a leer el libro en el Café de Tacuba, mientras me servían un café con leche con pan dulce y una concha de miel chocolate (perdón por la broma chusca). En las primeras páginas, Vasconcelos realiza un estudio positivista del origen y el futuro de las razas que hoy puede resultar apenas pintoresco, pero hacia el final de su trabajo, el autor del Ulises criollo publica una serie de crónicas de viaje que incluyen a Brasil y la Argentina. Obviamente, me leí de un tirón esas crónicas, consciente de que había entrado en una paradoja intelectual digna de los guionistas de Lost, es decir, estaba conociendo(me) México a través del recorrido que un mexicano hacía de sí mismo en su viaje a la Argentina. (Juro que en ese momento temí que me comenzara a sangrar la nariz). Y Vasconcelos es muy generoso con la Argentina. Dice: “En el siglo de Independencia no ha habido país latinoamericano que iguale a la Argentina en cultura. Será uno de los primeros países del mundo así que se incorpore el río Paraná. Entonces, sólo los Estados Unidos y el Brasil podrán competir con ella… Es el foco mayor de la cultura española en el continente… La organización social del país entero es la más avanzada del continente y esto le da un promedio mayor de inteligencia disponible… La Argentina será el faro en la noche hispanoamericana… Buenos Aires se convierte en el centro del pensamiento iberoamericano; Buenos Aires es nuestro París, la capital de nuestra América… El pensamiento argentino es claro, amplio y generoso, con algo de la vastedad de la pampa y la frescura de los grandes ríos. Pensamiento constructor, no destructor, optimista y sereno, genuinamente idealista, pero con solidez, sinceridad y equilibrio. La Argentina es a la vez el país más fuerte y el más hermoso de América”. Cuando terminé de leer, el café, claro, estaba frío. Sacudí la cabeza con un gesto “malinchista” (de Malinche: Dícese de quien vive criticando lo propio, deporte preferido de los argentinos), y sonreí con templada nostalgia por mi país que en ese momento me quedaba tan al Sur. Le leí orgulloso el párrafo a Carrillo y me miró con una sonrisa piadosa: “Bueno, ahora no ocurre eso, precisamente”, dijo lacónico. Touché.
Esa noche cometí otra paradoja “lostiana”. Me conecté a internet para recorrerme (recorrer el país de uno siempre es recorrerse) en las palabras del filósofo español José Ortega y Gasset, quien visitó la Argentina tres veces entre 1916 y 1939. Y leí cómo en varios de sus trabajos escribió: “Acaso lo esencial de la vida argentina es eso, ser promesa… La forma de existencia del argentino es lo que yo llamaría el futurismo concreto de cada cual. No es el futurismo concreto de un ideal común, de una utopía colectiva, sino que cada cual vive desde sus ilusiones como si ellas fueran ya la realidad… El pueblo argentino no se contenta con ser una nación entre otras: quiere un destino peraltado, exige de sí mismo un futuro soberbio, no le sabría una historia sin triunfo y está resuelto a mandar… El argentino típico no tiene más vocación de ser ya el que imagina ser. Vive, pues, entregado, pero no a una realidad sino a una imagen. Y una imagen no se puede vivir sino contemplándola. Y, en efecto, el argentino se está mirando siempre reflejado en la propia imaginación. Es sobremanera Narciso. Es Narciso y la fuente de Narciso… ¡Argentinos, a las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos. No presumen ustedes del brinco magnífico que dará este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo personal”.
La parábola “lostiana” había sido completada. Era un argentino en México hurgando narcisísticamente en los recorridos que otros hacían de mí. Miraba al Otro sólo para mirarme a mí. Era un giro extrañamente leviniano. Tenía razón Ortega: los argentinos –políticos, periodistas, almaceneros, prostitutas, sacerdotes, intelectuales, taxistas, la chica que pasa frente al ventanal toda mojada por la lluvia y el diariero que protesta– estamos sumidos en un narcisismo que nos impide ver las cosas. Juan Domingo Perón decía que “la única verdad es la realidad”. Era una enseñanza de una profundidad inabarcable que no fue comprendida. Los argentinos seguimos creyendo que “la única verdad es la ficción que queremos imponerles a los demás”. Entonces, no nos vemos ni a nosotros ni a los Otros. Y seguimos siendo autoritarios. Porque queremos imponer nuestras ficciones a los demás. Fundamentalmente, porque nos ignoramos. Y porque somos narcisistas, que es la más sublime y elegante forma de ser ignorantes.
viernes, 26 de febrero de 2010
MONSTRUOS
Por Hernán Brienza.
Hay a lo largo de mi vida una constante: siempre sentí cierta compasión por los “monstruos”. Siento placer en leerlos, en defenderlos, en apiadarme de ellos. Desde mi más tierna infancia odié a los “rubios” de la primaria y me puse del lado de los feos, los tontos, las gordas y las anteojudas. En mi adolescencia me gustaron los amores difíciles, las desconsoladas, los perdedores, los frikis, los giles, me junté con todo tipo de desangelados. Mis ídolos eran Darth Vader, el Conde Drácula, Freddy Krueger. Prefería a Gargamel y a Azrael antes que a los insípidos y ascéticos Pitufos (tal vez el bromista gozara también de mi simpatía), elegía a Tom antes que a Jerry; en el poliladrón quería ser ladrón y lloraba cuando el pobre Coyote no podía atrapar al vanidoso y estúpido Correcaminos.
Siempre vi a los monstruos de manera enrevesada. Allí donde todos veían en Drácula a un temible vampiro chupasangre, yo no veía otra cosa que el último personaje romántico: el protagonista de un amor que trasciende la vida y la muerte, que es capaz de superar todos los obstáculos y que sólo puede ser apagado con una estaca en el corazón. Ésos son mis héroes: señores que están dispuestos a cenar toda la sangre de un continente para poder volver a ver a su amada, aunque sea –como diría Calamaro– “por cinco minutos más”.
Allí donde todos veían un monstruo espeluznante en Frankenstein, por ejemplo, yo veía ese desmesurado esfuerzo de la carne por mantenerse viva, por ganarle aunque sea un partido de tatetí a la muerte. Mary Shelley lo sabía y así lo escribió en su libro, pero la campaña de prensa en contra del resucitado lo condenó al ostracismo moral por los siglos de los siglos. Mientras los demás celebraban, yo sufría por la vida que se apagaba en esa pira suicida. Después de todo, Frankenstein con su existencia no hacía otra cosa que desafiar a Dios –otro friki si los hay– y esa actitud bien valía toda mi admiración de pibe.
Algo similar me pasó con Freddy Krueger. Mientras mi novia de la adolescencia saltaba horrorizada del asiento del cine, yo tomaba nota de la titánica acción concientizadora que llevaba adelante el hombre del sombrero, la cara quemada y las manos filosas: los sueños son peores que la realidad y siempre es preferible despertarse a tiempo de cualquier utopía que no poder salir de la peor de las pesadillas. Freddy estaba en concordancia con el pintor español Francisco de Goya, quien ya había anunciado que “el sueño de la razón engendra monstruos”.
Con los años leí un cuento de Edgar Allan Poe que sirvió para comprenderme a mí mismo. El escritor bostoniano explicaba que todos llevamos dentro el demonio de la perversidad y actuamos bajo el influjo de un “motivo no motivado”, “por la simple razón de que no deberíamos actuar” como actuamos. Y habla de una “invencible tendencia a hacer el mal por el mal mismo”, como “un impulso radical, primitivo, elemental”. En mi caso, mi grado de perversidad sólo se limita a hacer y decir lo que nunca me conviene.
En la novela de Italo Calvino El vizconde demediado –un hombre dividido en dos por una bala de cañón que está obligado a vivir con su costado absolutamente bueno escindido de su parte absolutamente mala–, la mitad perversa de Medardo es condenada a vivir en los bosques de Torralba, fuera de la aldea. Y es un lugar común el bosque –que en la Edad Media significaba lo desconocido, lo inhabitado– para los monstruos de toda clase y especie –la mitología grecorromana bien lo sabía con sus faunos, sátiros y centauros–. El bosque es el margen, la frontera, el más allá. Es el lugar donde los hombres de a pie condenamos a lo Otro, a lo que no queremos ver, lo que queremos ocultar de nosotros mismos. Así, los monstruos funcionan como espejo: son el Aleph de nuestras propias miserias. Están ahí para recordarnos lo miserables que somos.
En los últimos años se ha acentuado la costumbre argentina de ver monstruos en todas partes: políticos, conductores de televisión, periodistas, pibes chorros, vedettes, o Zulmas Lovatos, funcionan como expiatorios de lo vergonzante de la sociedad. Los no-monstruos exoneran sus males señalando a los Otros. A mí, en cambio, me gusta sonreír. Pensar cómo se verían ellos mismos desde el bosque. Imaginar cuánto tienen de vampiro los empresarios, cuánto de asesinos los ciudadanos asustados y cuál es el precio de los que “acusan a la mujer sin razón”. E imaginar que miedo da el minuto a minuto de los que se sientan frente al televisor y leen los diarios con la desazón de un Coyote frustrado, soñándose Correcaminos.
Hay a lo largo de mi vida una constante: siempre sentí cierta compasión por los “monstruos”. Siento placer en leerlos, en defenderlos, en apiadarme de ellos. Desde mi más tierna infancia odié a los “rubios” de la primaria y me puse del lado de los feos, los tontos, las gordas y las anteojudas. En mi adolescencia me gustaron los amores difíciles, las desconsoladas, los perdedores, los frikis, los giles, me junté con todo tipo de desangelados. Mis ídolos eran Darth Vader, el Conde Drácula, Freddy Krueger. Prefería a Gargamel y a Azrael antes que a los insípidos y ascéticos Pitufos (tal vez el bromista gozara también de mi simpatía), elegía a Tom antes que a Jerry; en el poliladrón quería ser ladrón y lloraba cuando el pobre Coyote no podía atrapar al vanidoso y estúpido Correcaminos.
Siempre vi a los monstruos de manera enrevesada. Allí donde todos veían en Drácula a un temible vampiro chupasangre, yo no veía otra cosa que el último personaje romántico: el protagonista de un amor que trasciende la vida y la muerte, que es capaz de superar todos los obstáculos y que sólo puede ser apagado con una estaca en el corazón. Ésos son mis héroes: señores que están dispuestos a cenar toda la sangre de un continente para poder volver a ver a su amada, aunque sea –como diría Calamaro– “por cinco minutos más”.
Allí donde todos veían un monstruo espeluznante en Frankenstein, por ejemplo, yo veía ese desmesurado esfuerzo de la carne por mantenerse viva, por ganarle aunque sea un partido de tatetí a la muerte. Mary Shelley lo sabía y así lo escribió en su libro, pero la campaña de prensa en contra del resucitado lo condenó al ostracismo moral por los siglos de los siglos. Mientras los demás celebraban, yo sufría por la vida que se apagaba en esa pira suicida. Después de todo, Frankenstein con su existencia no hacía otra cosa que desafiar a Dios –otro friki si los hay– y esa actitud bien valía toda mi admiración de pibe.
Algo similar me pasó con Freddy Krueger. Mientras mi novia de la adolescencia saltaba horrorizada del asiento del cine, yo tomaba nota de la titánica acción concientizadora que llevaba adelante el hombre del sombrero, la cara quemada y las manos filosas: los sueños son peores que la realidad y siempre es preferible despertarse a tiempo de cualquier utopía que no poder salir de la peor de las pesadillas. Freddy estaba en concordancia con el pintor español Francisco de Goya, quien ya había anunciado que “el sueño de la razón engendra monstruos”.
Con los años leí un cuento de Edgar Allan Poe que sirvió para comprenderme a mí mismo. El escritor bostoniano explicaba que todos llevamos dentro el demonio de la perversidad y actuamos bajo el influjo de un “motivo no motivado”, “por la simple razón de que no deberíamos actuar” como actuamos. Y habla de una “invencible tendencia a hacer el mal por el mal mismo”, como “un impulso radical, primitivo, elemental”. En mi caso, mi grado de perversidad sólo se limita a hacer y decir lo que nunca me conviene.
En la novela de Italo Calvino El vizconde demediado –un hombre dividido en dos por una bala de cañón que está obligado a vivir con su costado absolutamente bueno escindido de su parte absolutamente mala–, la mitad perversa de Medardo es condenada a vivir en los bosques de Torralba, fuera de la aldea. Y es un lugar común el bosque –que en la Edad Media significaba lo desconocido, lo inhabitado– para los monstruos de toda clase y especie –la mitología grecorromana bien lo sabía con sus faunos, sátiros y centauros–. El bosque es el margen, la frontera, el más allá. Es el lugar donde los hombres de a pie condenamos a lo Otro, a lo que no queremos ver, lo que queremos ocultar de nosotros mismos. Así, los monstruos funcionan como espejo: son el Aleph de nuestras propias miserias. Están ahí para recordarnos lo miserables que somos.
En los últimos años se ha acentuado la costumbre argentina de ver monstruos en todas partes: políticos, conductores de televisión, periodistas, pibes chorros, vedettes, o Zulmas Lovatos, funcionan como expiatorios de lo vergonzante de la sociedad. Los no-monstruos exoneran sus males señalando a los Otros. A mí, en cambio, me gusta sonreír. Pensar cómo se verían ellos mismos desde el bosque. Imaginar cuánto tienen de vampiro los empresarios, cuánto de asesinos los ciudadanos asustados y cuál es el precio de los que “acusan a la mujer sin razón”. E imaginar que miedo da el minuto a minuto de los que se sientan frente al televisor y leen los diarios con la desazón de un Coyote frustrado, soñándose Correcaminos.
viernes, 19 de febrero de 2010
El bello fiero amor que tanto miedo da
Hernán Brienza
Hoy es San Valentín. Anoche, seguramente para esperarlo, miles de parejas reservaron mesa en restaurantes pretenciosos de Palermo y luego se mataron en un hotelito de ocasión. Posiblemente, las fábricas de látex aumentaron sus ventas, las floristas se hicieron la noche y los taxistas debieron soportar en la parte de atrás del auto arrumacos y palabras caramelizadas. Seguramente, millones de hombres se engolaron, enarcaron sus cejas y se deshicieron en promesas. Y ellas los miraron con ojos de vaca enamorada y creyeron por una noche que era posible ser Meg Ryan o Julia Roberts. En los estéreos de los autos los parlantes derramaron miel y hubo regalos y sonrisas y mimos y acrobacias sexuales y no faltaron los sofisticados que hicieron malabarismos escenográficos y actorales para sorprender, seducir, impresionar a la dama. Pero “un poco de miel no basta, un poco de miel no basta”, reza como en una letanía Gustavo Cerati. El amor, si todavía tiene algo de sentido esa palabra prostituida, nada tiene que ver con la pantomima industrial del capitalismo. El verdadero amor no es consumible, no es productivo. El verdadero enamorado no es un comensal, ni un Don Juan; es, acaso, alguien que está fuera del mercado, que no se detiene en escaparates de tiendas prolijamente diseñadas con corazones de peluche, que no puede concentrarse en sus tareas productivas, que se deshace obsesionado en el rostro de la persona que ama. El amor, convengamos, es una enfermedad, una patología. Y en estos tiempos de cinismo –y quizás el cinismo sea el último refugio de los románticos o, su contracara, la antesala de una elegante cobardía– el brutal y bendito amor, ese que tanto miedo da, sea uno de los únicos momentos que justifiquen nuestra existencia.Odio los sanvalentines –aclaremos que no hay ningún Valentín en el santoral católico que haya tenido un gesto romántico (los católicos, se sabe, no son muy afectos a estos descarrilamientos pasionales), se trata de una fiesta anglosajona cuyo inicio se debe al matrimonio entre una reina y un rey con un par de números romanos en sus nombres–. Pero no los odio por una reivindicación hispanoamericana y antiimperialista –otro lugar común si los hay–. Los odio con la misma intensidad que a Cupido, quien, dicho sea de paso, es un lindo angelito para practicar tiro al blanco. Aborrezco –admito que no es necesario tomarse con demasiado dramatismo esta proclama– la mercantilización del único momento en la vida en que hombres y mujeres se justifican ante la absurda inmensidad.Acá, es decir, en la frase que sigue a continuación, planto bandera y cavo trincheras: el amor no es una alegría, aun cuando signifique nuestra felicidad. Sólo quien no se ha enamorado nunca cree que el amor está ligado a la belleza de la vida. Todos sabemos que tiene puntos de contacto con la dignidad del egoísmo, con la templada propiedad, con el deseado desgarro, con la renuncia sublime, con la enajenación, con la sagrada y venerada estulticia. Todos sabemos que el amor nos vuelve “Hitleres” de entrecasa, sutiles “Napoleones y emperatrices” o mínimos “Mozarts” de salón. Y siempre, siempre, en defectuosos y prepotentes poetas.Imposible saber qué es el amor en términos de universales. En mi caso siempre se ha presentado en forma desagradable, con un espasmo en el pecho, con una revolución en las entrañas, con un leve y sostenido mareo existencial y un temblor incontrolable en las piernas. Sazonado, claro, con el espejismo de creer que la presencia de ella hacía más habitable el mundo y con la necedad de creer que yo podía ser mejor de lo que era. Hasta ahí los síntomas. Ahora intentaré una definición por extensión ya que, como se sabe, definir el amor por comprensión es una quimera. Amor es: la promesa de eternidad en las miradas, las sonrisas que funcionan como antídoto frente al desamparo, el rubor acompañado con sudor después del orgasmo, “dos mañanas juntas”, es la chica que en la esquina espera silenciosa a que pase el pibe que adora, es el marido abandonado que con un vaso de Jack Daniel’s en la mano se debate en la balaustrada entre arrojarse o no al vacío, es el desayuno entre tostadas y mermeladas abiertas, es las ganas y el desgano, es la mujer que se quedó al lado de su hombre sabiendo qué él no la amaba, y es ese hombre que se quedó con ella aún cuando no la amaba, porque ambos, tal vez de forma mezquina, se amaban, es Romeo y Julieta, claro, y Tristán e Isolda, es la diosa Ishtar que renuncia a sus poderes para salvar a su amado del infierno y es Orfeo, capaz de cantar una canción tan hermosa como “Mañana de Carnaval” para rescatar a Eurídice de la muerte –porque convengamos que quien no ha sido alguna vez salvado del infierno por un amor no ha conocido el amor–. Es Werther y Robin y Marian, y la muchacha que te mira en el subte y no volvés a ver nunca más pero intuís que no hay amor más perfecto que esa brevedad, es el sostén del amor después del amor, aun cuando se torna anodino y rutinario. Es el desamor, es la angustia de esperar minutos interminables que te llame o se te conecte al Messenger. Es el sí ante el altar y la “liturgia de las despedidas”. Es Cyrano de Bergerac…Es exactamente una escena de Cyrano de Bergerac. La de esa noche tormentosa en que Cyrano le confiesa amparado por la oscuridad su amor a Roxana. Son esas palabras que suben por la enredadera como baja el licor por la garganta. Porque el amor sea quizás eso, un par de palabras. Y una renuncia. La renuncia de Cyrano, quien después de proclamar su amor se escapa por la pradera sabiendo que Christian recogerá los besos de Roxana. Pero hay algo verdadero en esa escena. Tal vez el amor sea apenas esas palabras susurradas, esa esperanza de letras y sonidos –sonidos que son audibles en el “Mild und Leise” de Wagner, en “Óleo de una mujer con sombrero”, de Silvio Rodríguez, o en “Eu sei que vou te amar”, de Jobim y Vinicius–. Después de todo, quizá el amor sea apenas la conmovedora música que nos acompaña en este trayecto surcado de hijoputeces, sonrisas y pesares.El amor es la palabra. Es el “yo no quiero nada” de un Almafuerte que en realidad lo quiere todo. Es todo lo que se dicen, todo lo que se miran, lo que se sugieren, lo que coinciden, lo que se escuchan Celine y Jesse, en Viena y en París durante las tres horas y media que duran esas dos películas maravillosas –Antes del amanecer y Antes del atardecer–. Es, claro, ese susurro imperceptible para el espectador que pronuncia Bob Harris (Bill Murray) en el oído de Charlotte (Scarlett Johansson) en las calles de Tokio. Y la enigmática sonrisa de ella.Es el llanto de un hombre que ruega porque no lo abandonen y la pizca de paprika que ella le pone callada y cómplice a la salsa en la cocina. Es el “placer de coincidir” y el “derramarse”. Y son las ganas de matar, también, porque hay en cada Otelo tanto amor como en cada Anna Karenina. Se me ocurre que cada vez que amamos –además de ponernos cursis como en este contratapa– devenimos otros, somos un poco todos los que amaron. Somos Marco Antonios y Cleopatras, Quijotes y Dulcineas, Hernáncorteses y Malinches, Diegos y Fridas, Catulos y Lesbias. Nada hay más humano que esa imposibilidad. Nada más contradictorio que esa amalgama de carne, madera, besos, fluidos, gemidos, acaboses y dolores. Eso nos une. Nos hace historia. Por eso, muchachita mía, en este día despreciable de San Valentín, te digo: “Si no hay amor que no haya nada, entonces, alma mía, no vas a regatear”.
Hoy es San Valentín. Anoche, seguramente para esperarlo, miles de parejas reservaron mesa en restaurantes pretenciosos de Palermo y luego se mataron en un hotelito de ocasión. Posiblemente, las fábricas de látex aumentaron sus ventas, las floristas se hicieron la noche y los taxistas debieron soportar en la parte de atrás del auto arrumacos y palabras caramelizadas. Seguramente, millones de hombres se engolaron, enarcaron sus cejas y se deshicieron en promesas. Y ellas los miraron con ojos de vaca enamorada y creyeron por una noche que era posible ser Meg Ryan o Julia Roberts. En los estéreos de los autos los parlantes derramaron miel y hubo regalos y sonrisas y mimos y acrobacias sexuales y no faltaron los sofisticados que hicieron malabarismos escenográficos y actorales para sorprender, seducir, impresionar a la dama. Pero “un poco de miel no basta, un poco de miel no basta”, reza como en una letanía Gustavo Cerati. El amor, si todavía tiene algo de sentido esa palabra prostituida, nada tiene que ver con la pantomima industrial del capitalismo. El verdadero amor no es consumible, no es productivo. El verdadero enamorado no es un comensal, ni un Don Juan; es, acaso, alguien que está fuera del mercado, que no se detiene en escaparates de tiendas prolijamente diseñadas con corazones de peluche, que no puede concentrarse en sus tareas productivas, que se deshace obsesionado en el rostro de la persona que ama. El amor, convengamos, es una enfermedad, una patología. Y en estos tiempos de cinismo –y quizás el cinismo sea el último refugio de los románticos o, su contracara, la antesala de una elegante cobardía– el brutal y bendito amor, ese que tanto miedo da, sea uno de los únicos momentos que justifiquen nuestra existencia.Odio los sanvalentines –aclaremos que no hay ningún Valentín en el santoral católico que haya tenido un gesto romántico (los católicos, se sabe, no son muy afectos a estos descarrilamientos pasionales), se trata de una fiesta anglosajona cuyo inicio se debe al matrimonio entre una reina y un rey con un par de números romanos en sus nombres–. Pero no los odio por una reivindicación hispanoamericana y antiimperialista –otro lugar común si los hay–. Los odio con la misma intensidad que a Cupido, quien, dicho sea de paso, es un lindo angelito para practicar tiro al blanco. Aborrezco –admito que no es necesario tomarse con demasiado dramatismo esta proclama– la mercantilización del único momento en la vida en que hombres y mujeres se justifican ante la absurda inmensidad.Acá, es decir, en la frase que sigue a continuación, planto bandera y cavo trincheras: el amor no es una alegría, aun cuando signifique nuestra felicidad. Sólo quien no se ha enamorado nunca cree que el amor está ligado a la belleza de la vida. Todos sabemos que tiene puntos de contacto con la dignidad del egoísmo, con la templada propiedad, con el deseado desgarro, con la renuncia sublime, con la enajenación, con la sagrada y venerada estulticia. Todos sabemos que el amor nos vuelve “Hitleres” de entrecasa, sutiles “Napoleones y emperatrices” o mínimos “Mozarts” de salón. Y siempre, siempre, en defectuosos y prepotentes poetas.Imposible saber qué es el amor en términos de universales. En mi caso siempre se ha presentado en forma desagradable, con un espasmo en el pecho, con una revolución en las entrañas, con un leve y sostenido mareo existencial y un temblor incontrolable en las piernas. Sazonado, claro, con el espejismo de creer que la presencia de ella hacía más habitable el mundo y con la necedad de creer que yo podía ser mejor de lo que era. Hasta ahí los síntomas. Ahora intentaré una definición por extensión ya que, como se sabe, definir el amor por comprensión es una quimera. Amor es: la promesa de eternidad en las miradas, las sonrisas que funcionan como antídoto frente al desamparo, el rubor acompañado con sudor después del orgasmo, “dos mañanas juntas”, es la chica que en la esquina espera silenciosa a que pase el pibe que adora, es el marido abandonado que con un vaso de Jack Daniel’s en la mano se debate en la balaustrada entre arrojarse o no al vacío, es el desayuno entre tostadas y mermeladas abiertas, es las ganas y el desgano, es la mujer que se quedó al lado de su hombre sabiendo qué él no la amaba, y es ese hombre que se quedó con ella aún cuando no la amaba, porque ambos, tal vez de forma mezquina, se amaban, es Romeo y Julieta, claro, y Tristán e Isolda, es la diosa Ishtar que renuncia a sus poderes para salvar a su amado del infierno y es Orfeo, capaz de cantar una canción tan hermosa como “Mañana de Carnaval” para rescatar a Eurídice de la muerte –porque convengamos que quien no ha sido alguna vez salvado del infierno por un amor no ha conocido el amor–. Es Werther y Robin y Marian, y la muchacha que te mira en el subte y no volvés a ver nunca más pero intuís que no hay amor más perfecto que esa brevedad, es el sostén del amor después del amor, aun cuando se torna anodino y rutinario. Es el desamor, es la angustia de esperar minutos interminables que te llame o se te conecte al Messenger. Es el sí ante el altar y la “liturgia de las despedidas”. Es Cyrano de Bergerac…Es exactamente una escena de Cyrano de Bergerac. La de esa noche tormentosa en que Cyrano le confiesa amparado por la oscuridad su amor a Roxana. Son esas palabras que suben por la enredadera como baja el licor por la garganta. Porque el amor sea quizás eso, un par de palabras. Y una renuncia. La renuncia de Cyrano, quien después de proclamar su amor se escapa por la pradera sabiendo que Christian recogerá los besos de Roxana. Pero hay algo verdadero en esa escena. Tal vez el amor sea apenas esas palabras susurradas, esa esperanza de letras y sonidos –sonidos que son audibles en el “Mild und Leise” de Wagner, en “Óleo de una mujer con sombrero”, de Silvio Rodríguez, o en “Eu sei que vou te amar”, de Jobim y Vinicius–. Después de todo, quizá el amor sea apenas la conmovedora música que nos acompaña en este trayecto surcado de hijoputeces, sonrisas y pesares.El amor es la palabra. Es el “yo no quiero nada” de un Almafuerte que en realidad lo quiere todo. Es todo lo que se dicen, todo lo que se miran, lo que se sugieren, lo que coinciden, lo que se escuchan Celine y Jesse, en Viena y en París durante las tres horas y media que duran esas dos películas maravillosas –Antes del amanecer y Antes del atardecer–. Es, claro, ese susurro imperceptible para el espectador que pronuncia Bob Harris (Bill Murray) en el oído de Charlotte (Scarlett Johansson) en las calles de Tokio. Y la enigmática sonrisa de ella.Es el llanto de un hombre que ruega porque no lo abandonen y la pizca de paprika que ella le pone callada y cómplice a la salsa en la cocina. Es el “placer de coincidir” y el “derramarse”. Y son las ganas de matar, también, porque hay en cada Otelo tanto amor como en cada Anna Karenina. Se me ocurre que cada vez que amamos –además de ponernos cursis como en este contratapa– devenimos otros, somos un poco todos los que amaron. Somos Marco Antonios y Cleopatras, Quijotes y Dulcineas, Hernáncorteses y Malinches, Diegos y Fridas, Catulos y Lesbias. Nada hay más humano que esa imposibilidad. Nada más contradictorio que esa amalgama de carne, madera, besos, fluidos, gemidos, acaboses y dolores. Eso nos une. Nos hace historia. Por eso, muchachita mía, en este día despreciable de San Valentín, te digo: “Si no hay amor que no haya nada, entonces, alma mía, no vas a regatear”.
martes, 10 de noviembre de 2009
Los miserables
El debate por la ley de medios audiovisuales asestó uno de los golpes más duros que pudo haber recibido el periodismo en democracia. El miércoles pasado, en el acto de La Plata, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner dijo: “Se acabó el mito de la prensa independiente”. Lo dijo celebrándolo. Más allá de las variadas interpretaciones que se le pueden dar a esa frase, hay algo que no puede restársele, y es veracidad. Si hubo una estocada que recibió el conglomerado Clarín fue el ataque, justamente, a su eslogan “Periodismo independiente”. Hoy nadie cree en su “independencia” informativa. Pero no sólo Clarín quedó mal parado en estos meses. El debate por la ley nos obligó a los periodistas a mirarnos al espejo. Y el reflejo nos devolvió todas nuestras miserias. Hace exactamente 17 años que hago este trabajo y en estos años he visto la cara horrenda del periodismo: que la mayoría de las notas publicadas son publicidad u operaciones de prensa, que hay periodistas que cobran por las notas, que los medios son, en su mayoría, manejados por empresarios a quienes les importa menos el periodismo que sus propios negocios, que muchas veces somos ingenuos frente a la rapacidad de políticos y empresarios, que debemos escribir lo que la “línea editorial” nos “sugiere”, que en la mejor de las veces defendemos con honestidad nuestra propia ideología y en la peor nos escondemos hipócritamente en la palabra “profesionalismo”, que a veces nos equivocamos por “boludos”, que otras veces miramos mal, que la verdad no existe y quienes pretenden arrogársela son más peligrosos aun que los que dudan, que hemos construido un cinismo galopante y destructor que casi siempre se trasluce en un inconformismo histérico, que nos gusta jugar a los fiscales pero no nos gusta que nadie nos fiscalice, que hemos abusado de la denuncia y de la patotería, que los medios reproducen un discurso racista y, sobre todo, discriminador hacia los sectores de menores recursos, que vivimos anunciando el Apocalipsis, que nos metemos en la vida privada de la gente, en su cama, en sus narices, en sus placares –y de esto bien sabe, porque lo ha sufrido, Diego Maradona, quien se ha convertido en algo así como el Aleph de todas las miserias del periodismo–, que hemos convertido en gurúes a economistas que han destruido las finanzas del país, que nos hemos “chabacanizado”, que cada vez leemos menos y somos más incultos, que por abrazarnos a un jugador de fútbol damos un párrafo entero, que por un libro importado de más de mil páginas trocamos buenas críticas, que por un buen entrevistado limamos nuestras preguntas, que hay pocas cosas menos éticas que una charla en off con una fuente, que si las reuniones de editores fueran grabadas o filmadas habría tres presos más por día –es ironía, claro–, etcétera, etcétera…Como verán, no creo mucho en lo que hacemos. Pero hay algo que me subleva. Cuando un empresario que no paga sus impuestos o que se mata por quitarles unos puntitos más de plusvalía a los trabajadores, o un tachero que te pasea por toda la ciudad para afanarte cinco pesos piojosos, o un político con máster en “armado de cometa”, cuando un lector psicótico escribe en la web “teta, culo, pito” porque no le gustó una nota de un tipo que se la pasó dos días trabajando, o una ama de casa de Nordelta cuya única preocupación es cuántos kilos les pondrá a sus pesas para seguir cuidando su lustrado fuselaje hablan pestes del periodismo, me enfermo. Yo no creo en el periodismo, pero creo en los periodistas. He visto compañeros debatiéndose internamente y enfermándose por cuestiones éticas, los he visto trabajar en condiciones de pauperización, los he visto “cagados en las patas” porque en sus teléfonos sonaban amenazas de políticos, de empresarios, de agentes de inteligencia, o masticando bronca porque por “cuestiones editoriales” no se publicaban sus investigaciones. He visto compañeros con los ojos perdidos porque no encontraban un buen adjetivo o un buen sinónimo, he visto discusiones sobre sueños, sobre estupideces utópicas, sé de algunos que hasta atesoran una bala en su espalda por una nota que ni siquiera valió la pena y sé, también, que la mayoría de los que andamos en este asunto lo hacemos con una honestidad y una pasión que pocos argentinos vuelcan en sus trabajos. Esta nota puede resultar contradictoria. Y tal vez lo sea. Respeto mis propias contradicciones porque no le temo al pensamiento vivo. Hace unos años, cuando uno decía “soy periodista”, automáticamente un aura dorada se encendía por encima de nuestras cabezas. Algo de magia le dábamos a esa sociedad que nos endiosaba. El periodismo denunciaba, para que la sociedad pudiera ser aséptica. Ahora, sólo se escucha una risita sarcástica o se percibe una mirada reprobatoria. Nosotros, los periodistas, nos hemos convertido en los miserables. Habría que preguntarse, entonces, en qué se ha convertido esa misma sociedad que ahora nos envía al Gehena. Posiblemente, la asepsia también era una gran mentira.
miércoles, 7 de octubre de 2009
Vìsperas
Todos los octubres me recuerdan a Juan Domingo Perón. No por las necias fechas que todos celebran –el cumpleaños del fundador del movimiento y el Día de la Lealtad– sino por ciertas vísperas que hacen que la vida me siga pareciendo insondable, que la mire con el misterio profundo “con que un niño se para frente a Dios”. Me refiero exactamente al día 14 de octubre de 1945. Hay en esa cita exacta uno de esos instantes que alumbran el pasado y nos permiten negar la historia como un plan secreto, como una gran conspiración, como un destino. Significa esa tarde soleada de octubre una bofetada a la voluntad humana como conductora de los hechos. Pero en esa víspera, también pueden ser desgranadas entre los dedos los vestigios de un plan secreto, del complot de la fatalidad, como designios atávicos. Es decir, ese 14 de octubre existe para recordarnos que todo continúa siendo posible: el azar, el destino, Dios y la nada. Toda víspera es un arma cargada de futuro.Derrotado, con sus cincuenta años recién cumplidos, Perón estaba confinado en la isla de Martín García –ese bastión de la lucha independentista contra realistas, portugueses, franceses e ingleses y que ya había albergado a Hipólito Yrigoyen, tras su derrocamiento–. Era un hombre que ya había dado lo mejor de su vida: una carrera militar ascendente, un desempeño brillante en la Secretaría de Trabajo y Previsión que lo había catapultado a la vicepresidencia de la Nación, viudo de su anterior matrimonio y en pareja con una actriz rubiecita, con conciencia política, que venía en ascenso. Un sueldo y una pensión que le permitía calcular un plácido retiro. No era un mal inventario para un hombre común. Pocos hombres llegan a los cincuenta años con una vicepresidencia en el currículum vitae. Perón, aunque quisiera más –un hombre siempre quiere más–, lo sabía. Y así lo escribió.Imaginemos la escena: el hombre con su nariz aguileña, su perfil aindiado, el corte de cabellos marcial, sentado en su calabozo improvisado, con el sol entrando por la ventana y el rasgueo de la pluma sobre la hoja. Se detiene, respira hondo y escribe con inmensa ternura: “Mi adorable tesoro: sólo cuando estamos apartados de quienes amamos, sabemos cuánto les amamos. Desde que te dejé ahí, con el mayor dolor que se pueda imaginar, no he podido sosegar mi desdichado corazón. Ahora sé cuánto te amo y que no puedo vivir sin ti. Esta inmensa soledad está llena de tu presencia. Tan pronto salga de aquí, nos casaremos y nos iremos a vivir en paz a cualquier sitio… Dile, por favor, a Mercante que hable con Farrell para saber si autorizan que nos vayamos a Chubut. Amor mío, tengo en mi cuarto aquellas pequeñas fotos tuyas y las contemplo todos los días con los ojos húmedos. Que no te pase nada o, de lo contrario, mi vida habrá acabado. Cuídate mucho y no te preocupes por mí, pero quiéreme mucho porque necesito tu amor más que nunca... Escribiré un libro sobre todo esto... Lo malo de este tiempo y especialmente de este país, es la existencia de tantos idiotas y, como sabes, un idiota es peor que un canalla... Muchos, muchísimos besos a mi queridísima chinita”.Más allá del amor común de ese hombre de poder –ese amor que los de a pie nunca les otorgamos a los que hacen la historia–, lo definitivo en esas letras precisas es que se trata de un hombre derrotado, un hombre que apenas quiere dejar testimonio de su paso por la historia y empezar una nueva vida en el sur profundo. Es un hombre que no sabe que está en sus vísperas, que no puede ver que está en el ayer más importante de su vida. Tres días después, claro, en ese revoltoso y sublevante 17, su vida y la de millones de argentinos iba a ser trastocada para siempre. Apenas tres días antes de hender la historia del siglo XX en dos, Perón le escribía a su chinita que quería irse a terminar sus días en Chubut.Jorge Luis Borges –algo bueno ocurrió en este país para que ahora se pueda jugar a las paradojas con nombres odiados entre sí– escribió que “la verdadera historia es pudorosa y que sus fechas esenciales pueden ser, asimismo, durante largo tiempo, secretas”. Borges negaba la posibilidad de escribir, como lo hizo Johann Wolfgang Goethe: “En este lugar y el día de hoy, se abre una época en la historia del mundo y podemos decir que hemos asistido a su origen”. Yo amo ciertas vísperas. Me regodeo en esas esperanzas, me deleito con el callado trabajo de la incertidumbre, con el pertinaz sudor con que la historia talla ciertos días. La vida es bella por su posibilidad de mañanas. Y por la amenaza que significa cada momento. Borges dice que no hay instante que no esté cargado como un arma, y que a cada instante puede revelarte su amor Helena de Troya. Celebro los ayeres como manojos de promesas. Porque ninguno de nosotros sabemos en el ayer de qué nos estamos moviendo. Y porque, como dice el refrán, nadie muere en las vísperas. Ergo, la vida no es otra cosa que una colección de humildes y silenciosos ayeres.
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