domingo, 21 de noviembre de 2010

Las lecciones de Ecuador


Los latinoamericanos ya tenemos la respuesta. Cuando alguien nos pregunte por qué queremos ser una misma patria, por qué queremos integrarnos en una misma federación de naciones, y que una al gaúcho riograndense con el cholo peruano, al porteñito pseudoeuropeo con el moreno caraqueño, o al negro bahiense con el altivo araucano, ya sabemos qué contestar. El intento de golpe contra el gobierno constitucional, popular y democrático de Rafael Correa volvió a confirmarlo. Desde el fin de los tiempos, la historia nos ha unido. A los americano, hijos ahora del mestizaje, nos conmocionó la llegada del español, nos dominó su lengua, su fe, sus cosmogonías. También fuimos emancipándonos en cadena –Quito, Chuquisaca, Bueno Aires, México, Chile Paraguay, el sueño de la Gran Colombia– entre 1809 y 1826. Luchamos frente a los conservadores con lo movimientos democratizadores en el siglo XIX: Benito Juárez en México, lo liberales colombianos, los caudillos federales argentinos. Sufrimos de distintas maneras el positivismo europeizante y luego las dictaduras fraudulentas llevadas adelante por malhechores como Fulgencio Batista, en Cuba; Anastasio Somoza, en Nicaragua; y la década infame y el brutal golpe de Estado del año ’55, en la Argentina. También intentamos “volver a descolonizarnos” juntos –cada cual con sus tradiciones y sus propias temperaturas– con Emiliano Zapata, Lázaro Cárdenas, Jacobo Arbenz, Fidel Castro, Getulio Vargas, João Goulart, Augusto Sandino, Juan Domingo Perón, Salvador Allende, Jorge Eliécer Gaitán. Nos horrorizamos con las represiones de las dictaduras militares de los años setenta y fuimos pauperizados por los modelos neoliberales de los noventa. El siglo XXI nos encontró con ganas de unirnos y de no ser dominados: Hugo Chávez, el socialismo chileno, Lula da Silva, Evo Morales, el kirchnerismo, Correa son distintas expresiones con tantas semejanzas y diferencias como las experiencias anteriores. Los latinoamericanos ya lo sabemos: nos unen sufrimientos y alegría comunes.
Por eso es que el fallido golpe de Estado en Ecuador prende un foco de alerta: la intentona en Venezuela, el golpe de Honduras son el revival de una historia que sumió al continente en las penurias intransitables. No es un hecho aislado. Hay una matriz de desestabilización común: los poderes fácticos –grupo económicos, pulpos mediáticos, el sistema financiero, las fuerzas de seguridad– elaboraron una estrategia para “esmerilar, desgastar, erosionar” la legitimidad y la gobernabilidad de las distintas experiencias populares: cortes brutales de ruta, sabotajes económicos, lockouts patronales, espirales inflacionarias, crisis parlamentarias, amotinamientos de las fuerzas de seguridad, fraudulentas campañas de prensa por parte de los medios monopólicos son algunos de los métodos que utilizan para lograr sus objetivos.
Si hay una lección que nos deja el incidente ecuatoriano es, justamente, que no fue el primero ni va a ser el último. Por eso, es fundamental afianzar las estructuras políticas democráticas para impedir que los concentradores de poder y los acumuladores de riqueza puedan marcarle el paso al poder político, único sector elegido voluntariamente por el pueblo. Porque a un presidente lo votan millones de personas; ni al dueño de O Globo, o al líder de la Sociedad Rural, o a un comisario general los eligen los ciudadanos. Porque esa es, una vez más, la pelea de nuestro tiempo: la política y los políticos democráticos (con todas idas y vueltas, sus flaquezas, sus corrupciones) contra los gerentes de los grupos monopólicos.
Es como dijo el presidente peruano Alan García antes de ingresar en la cumbre de la Unasur: “Si pasan los gorilas de Ecuador, se viene el gorilaje en el continente.” Y no hubo dobleces en sus palabras, y lo dijo un mandatario que no es, justamente, un representante de la “izquierda populista”. Igual conducta tuvieron su par chileno Sebastián Piñera y el colombiano Juan Manuel Santos, en un signo de que en la Unasur la variable que cuenta no es la vieja antinomia “izquierda-derecha” sino “democracia-dictadura”.
Una variable interesante para analizar es la “Internacional Mediática”, si se me permite la ironía. Como se sabe, los bancos han invertido fuerte en los medios de comunicación durante los años del neoliberalismo y han logrado formatear –no se trata de una teoría conspirativa sino de los modos en que se produce la información– el discurso mediático que inunda el mercado de determinados relatos hegemónico, enfundados en la libertad de prensa (empresa, en realidad). O Globo, el Grupo Clarín, Globovisión son réplicas de un modelo que bombardea todo el tiempo a la ciudadanía con una visión uniforme y sin matices –ya sea a favor o en contra– pero que limitan la posibilidad de razonar a su propia clientela. La negatividad constante y perpetua contra los gobiernos de corte nacional y popular predisponen el humor de gran parte de la sociedad que se malquista con el gobierno, sin saber mucho por qué debería enojarse tanto. Como ocurrió con los policía ecuatorianos, que ni siquiera conocían la ley aprobada por la Asamblea, pero que habían sido “meloneados” por los medios de comunicación y fueron usados por Lino Gutíerrez, entre otros, para hacerse de un manotazo con el gobierno.
Y como ocurrió aquí en Buenos Aires, donde TN informaba como un “malestar policial” lo que se supo desde un primer momento que se trató de un intento de golpe militar o, al menos, un amotinamiento sedicioso. La crisis ecuatoriana demostró, además, la urgente necesidad de aplicar la Ley de Medios. Los televidentes fuimos tomados de rehenes por lo principales canales informativos que repetían un mismo discurso sobre lo ocurrido y, por culpa de la caprichosa grilla de Cablevisión, pocos pudieron informarse de lo que ocurría realmente por Telesur o pensar con los análisis de los periodistas de CN23.
Pero más allá del chiquitaje periodístico, lo cierto es que Latinoamérica está en una nueva encrucijada. La Unasur aprendió del caso Honduras y actuó con celeridad y firmeza. En un par de horas, la mayoría de los presidentes se reunió en Buenos Aires, y no sólo le quitó protagonismo y primereó a la dubitativa Organización de Estados Americanos –un organismo creado a gusto de los Estados Unidos durante la Guerra Fría– si no que tampoco le dejó espacio a la diplomacia norteamericana para “hacer la plancha” a la espera de ver quiénes ganaban.
En los últimos meses, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y el secretario general de la Unasur, Néstor Kirchner, hablaron una y otra vez de la necesidad de “profundizar el modelo nacional y popular” en la Argentina. El caso Correa vuelve a poner en relevancia la necesidad de construir una estructura política sólida que defienda la democracia y las instituciones, si se produce un ataque como el de Honduras o Ecuador. El desafío, además de profundizar, es extender y solidificar el modelo. La tercera etapa del proceso del kirchnerismo debe ser, sin duda, afianzar y profundizar los lazos de esta América mestiza que busca y quiere, de una vez por todas, reencontrarse con su propia historia.
Tiempo Argentino - 3 de octubre.

Video de Hugo Chávez leyendo el Loco Dorrego.



Link del discurso de Hugo Chávez leyendo El Loco Dorrego
http://www.youtube.com/watch?v=UxlnolDqtyk

En la Argentina de hoy no hay lugar para apresurados ni para retardatarios

Un mes y medio después de su regreso a la Argentina, el 30 de julio de 1973, Juan Domingo Perón pronunció un discurso en la sede de la CGT donde, de alguna manera, marcó el ritmo de lo que iban a ser las transformaciones en su tercer gobierno, que, como se sabe, quedó trunco a los nueve meses a causa de su muerte. Eran tiempos arrebatados, donde la “revolución social” quedaba a mitad de cuadra y en que “podrían arrancar todas las flores, pero jamás detendrían la primavera”. El viejo General se puso de pie y dijo: “En todos los movimientos revolucionarios existen tres clases de enfoques: de un lado, el de los apresurados que creen que todo anda despacio, que no se hace nada porque no se rompen cosas ni se mata gente. Otro sector está formado por los retardatarios, esos que no quieren que se haga nada, y entonces hacen todo lo posible para que esa revolución no se realice. Entre esos dos extremos perniciosos existe un enfoque de equilibrio y que conforma la acción de una política, que es el arte de hacer lo posible: no ir más allá ni quedarse más acá, pero hacer lo posible en beneficio de las masas, que son las que más merecen y por las que debemos trabajar todos los argentinos.”
La Argentina de hoy está lejos de estar en una situación revolucionaria o prerrevolucionaria. Es posible que ande por senderos más apagados, más equilibrados, con menos marquesinas, inclusive. Pero nadie en su buena fe puede negar que se trata de un proceso de cambios que “hace lo posible en beneficio de las masas” –hoy se dice sectores populares–. Los apresurados –enamorados de su vanguardismo– podrán decir que no alcanza; los retardatarios –sentados sobre sus privilegios– podrán bufar contra las medidas de cambio; e incluso puede haber algunos que en la búsqueda del equilibrio quieran profundizar por otros caminos, con otra intensidad, con mayor despliegue, con reformas estructurales. Se puede discutir cuál es la medida justa y armoniosa, pero nadie puede omitir la posibilidad de una nueva Argentina alumbrada por el Bicentenario.
Ante “lo nuevo” –que incluye, claro, las mejores tradiciones del pasado– se antepone “lo viejo”. ¿Pero qué es exactamente lo nuevo? Sencillo: lo nuevo es pensar la política como un instrumento para mejorar la vida de la gente y no como una herramienta exclusiva para favorecer a los grupos concentrados del país y a las filiales de empresas trasnacionales.
La inclusión de dos millones y medio de personas al sistema jubilatorio estatal, por ejemplo, es lo nuevo. Aun cuando muchos de los beneficiarios de esa medida –trabajadores de clase media, por ejemplo– reproduzcan el discurso de lo viejo, y a pesar de palpar el dinero en la mano, creen que su deber está en cuidar los intereses de la libertad de las empresas periodísticas o en garantizar la renta extraordinaria de los productores de soja.
Otro ejemplo de lo nuevo es la batería de medidas de seguridad que el gobierno acordó a través del Banco Central con las asociaciones bancarias. Por primera vez, a pesar de las dolorosas palabras de Carolina Píparo y su marido, que anunciaron su ida del país, la salida política no pasó por el histérico, ineficiente e inmoral discurso de la mano dura sino por el perfeccionamiento de las medidas de seguridad a costa de los bancos. Son ellos los que deberán ofrecer desde octubre cajas de ahorro gratuitas, reducir, desde noviembre, los costos de las transferencias y aumentar el uso de cheques cancelatorios para disminuir los movimientos de efectivo y evitar así las denominadas salideras. Pierden los bancos, gana el argentino de a pie.
Un proyecto interesante –que obviamente no ocupa la plana mayor de los diarios hegemónicos, excepto para darles voz a los patrones de la UIA y la AEA– es el del diputado Héctor Recalde, quien viene batallando ante el ninguneo de sus pares de la oposición, que no se sientan a tratar el tema de la participación de los trabajadores en las ganancias de las empresas. El proyecto es sencillo: frente a una rentabilidad que a veces supera el 50% por parte de las empresas –en Europa raramente alcanza el 10%–, Recalde quiere que el 10% de esa ganancia sea repartido entre los trabajadores. Pero además plantea la necesidad de que los beneficios de una empresa sean auditados por los trabajadores y el Estado. Claro, no es el control obrero, como querrían los “apresurados”, pero es demasiado para los legisladores “retardatarios”, que se niegan a tratar un tema que figura en el artículo 14 bis de la Constitución Nacional, cuando dice que el trabajador tiene asegurada la “participación en las ganancias de las empresas, con control de la producción y colaboración en la dirección”. ¿Por qué, por ejemplo, Patricia Bullrich y Silvana Giudici –que tanto alardearon con la libertad de prensa como derecho constitucional– no se escandalizan porque no se cumple la institucionalidad en este caso? ¿Y Claudio Lozano y Fernando Pino Solanas? ¿Por qué se oponen? Una vez más, el Estado busca una mejoría para el argentino de a pie. Y se encuentra con retardatarios de todos los colores.
Otro caso de esta reconexión entre el gobierno y los intereses de los menos favorecidos es la reunión que mantuvieron en la Casa Rosada la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y unos 280 editores de diarios pequeños y medianos del interior del país para discutir la regulación del mercado de papel de diario. Tras una primera desconfianza, los empresarios de medios comprendieron y dieron su apoyo a la nueva ley que, como no puede ser de otra manera, la oposición hace dormir el sueño de los justos porque perjudica a Clarín y La Nación. Una vez más.
Lo interesante de este momento político es que pareciera que, mientras la oposición busca su lugar en el mundo, el gobierno nacional ha reconectado con las necesidades de la gente desde el sentido común, y ha logrado que el Estado intervenga en lo cotidiano imponiendo temas con beneficios concretos para los ciudadanos y obligando a la oposición a escaparse del recinto de la Cámara de Diputados, para citar un ejemplo.
Un párrafo aparte merece la grotesca elección de la CTA. No sólo porque votó menos del 15% –según datos parciales– del total de empadronados, sino porque las acusaciones cruzadas de fraude remiten al supuesto sindicalismo del que dicen diferenciarse. Mientras unos –el sector de Pablo Micheli– intentan encerrarse en una visión noventista de la sociedad, con un modelo de acción basado en la lucha y la confrontación contra el gobierno, como si se tratara de Carlos Menem o Fernando de la Rúa, e intentan convertirse en la pata social del Proyecto Sur, otros –el sector de Hugo Yaski– buscan ponerse a tono con los nuevos fenómenos políticos y sociales de esta nueva etapa política, iniciando un diálogo con sectores más amplios como la CGT y el sabbatellismo, por ejemplo.
Una sola cosa más: mientras en la CTA pelean por el recuento de votos y la personería gremial, la CGT discute cara a cara con el poder económico el reparto de las ganancias empresarias. Más allá de la chicana, debería llamar a la reflexión a los dirigentes gremiales de la central alternativa.
No fue vana la cita de Perón en esta nota. Su análisis significa una forma precisa de pensar y actuar la política. Sin dogmas revolucionarios ni reaccionarios y sin idealismos absurdos ni pragmatismos repulsivos. Es interesante la frase del líder del movimiento justicialista. Sugiere preguntas. Por ejemplo: ¿los apresurados y los retardatarios suelen mancomunarse contra los que intentan “hacer lo posible en beneficio de las masas”? Para el argentino de a pie –laburantes, estudiantes, jubilados, amas de casa–, ¿qué es preferible: los beneficios concretos, aun cuando sean medidos, insuficientes, que propone el gobierno, o las grandilocuencias imposibles en las que se refugia la oposición, ya sea desde la derecha retardataria o la supuesta izquierda apresurada?
Tiempo Argentino - 26 de septiembre de 2010

domingo, 12 de septiembre de 2010

Contra la irracionalidad discursiva



Cómo se mata una palabra? Casi todos responderemos que se mata con el silencio. Pero no es cierto. Cuando un dictador impone el silencio, lo que está haciendo en una forma dialéctica es dándole vida, otorgándole una importancia que antes no tenía.
Es por eso que hay que prohibirla. Irónicamente, los tiranos aman y temen a las palabras. Los verdaderos criminales de las palabras son aquellos que hacen un uso irresponsable de ellas, los que producen su banalización, los que la vacían de sentido.
Carlos Menem, por ejemplo, fue un gran asesino de palabras. Las utilizaba a su gusto. Las mentía, las deformaba, las cambiaba. Daba lo mismo leer un discurso o el otro. Total, nunca era importante lo que uno podía llegar a decir. Lo sustantivo era otra cosa: el mundo de los negocios, de lo fáctico, de lo terrenal.
La otra gran bastardeadora de la palabra es Elisa Carrió. Las palabras están allí para generar títulos para el diario Clarín o La Nación. No tienen peso en sí mismas. Pueden decir o desdecir, pueden profetizar pariciones que nunca se producen o despertar huracanes que jamás arriban a la realidad. Están allí para generar impacto mediático. Recientemente, Carrió profundizó su hobby de banalizar las palabras: acusó a Néstor Kirchner de “fascista”, al gobierno de “dictadura” y citó a Bertolt Brecht para realizar la operación de equiparar al ex presidente con Adolf Hitler.
Hay que tener cuidado con las palabras. Porque no son inocentes. Y están cargadas de recuerdos, de dolores, olores, sufrimientos. Cuando Carrió asegura que el gobierno actual es una dictadura, está burlándose de los 30 mil desaparecidos, de los millones de silenciados, de los miles de exiliados, de los miles de detenidos. Cuando compara a Kirchner con Hitler, con una sonrisa prepotente y burlona, con la soberbia de quien sabe que tiene licencia para usar el micrófono –¿cuánto hace que Carrió no debate con alguien; cuánto hace que Carrió no hace otra cosa que hablar para un auditorio mediático que sólo está allí para aplaudir sus iluminaciones proféticas?– no hace otra cosa que humillar a los 6 millones de personas –judíos, gitanos, marxistas, homosexuales– que fueron masacrados en los campos de concentración nazis.
Las comparaciones remiten. Y son un recurso metafórico. Y como dice Vicente Huidobro: “Un adjetivo, cuando no da vida, mata.” Carrió asesina a las palabras. “La conducción política es persuadir”, explicaba Juan Domingo Perón a todo aquel que quisiera escucharlo. La palabra es la herramienta del consenso, la argumentación. Es la materia prima de la política. Si se bastardean las palabras, se bastardea la política.
¿Abandonó Carrió la política?
Norberto Bobbio ha escrito en su célebre Diccionario de Ciencia Política que la “dictadura” moderna se caracteriza por “la concentración y la ilimitabilidad del poder; las condiciones políticas ambientales constituidas por la entrada de grandes estratos de la población en la política y el principio de la soberanía popular, y la precariedad de las reglas de sucesión al poder”. Hasta el lector más dormido este domingo podrá darse cuenta de que el gobierno de los Kirchner dista tanto de ser una “dictadura” como Carrió de ser una heroína de la “Resistance” como Ingrid Bergman en Casablanca.
Sencillo: a) Si bien el estilo de conducción de Néstor Kirchner es férreo, no es absoluto. Además, es imposible ningunear el carácter de mayor institucionalidad que le imprimió la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a su gestión; b) El poder de la presidenta no es ilimitado. Tiene fecha de conclusión y lo dispone la Constitución Nacional; c) No existe un aparato de control y de coerción sobre la población (en este sentido es más dictatorial el espionaje telefónico y las listas de estudiantes “rojillos” que realiza Mauricio Macri en su gestión y que Carrió disimula que, por ejemplo, la decisión de no matar un solo manifestante en la calle por parte del gobierno nacional); d) Los Kirchner no han movilizado políticamente a la sociedad; e) Su legitimidad es electoral y no corporativa ni plebiscitaria ni de relación líder-masa; f) La sucesión de los Kirchner está garantizada por el juego democrático y el límite que impone la Constitución Nacional. En última instancia, quien va a decidir quién es el sucesor es el pueblo argentino en elecciones libres.
Hablar de “dictadura”, entonces, no es error metodológico de “estiramiento conceptual” como diría Giovanni Sartori, es decir, utilizar un lenguaje difuso y confuso para poder aplicar la categoría “perro” a animales que claramente son perros, gatos, cebras, rinocerontes o gansos salvajes. Lo que hizo Carrió es un acto de irracionalidad discursiva. Porque, además, jugó con el contenido simbólico y emocional que tienen las palabras “dictadura” y “nazismo”.
Pero hay algo interesante que hizo Carrió esta semana. Además de despolitizar su discurso, “impolitizó” –fue en contra de la política– su práctica cotidiana. En su más que sospechosa defensa a capa y espada del Grupo Clarín y de Héctor Magnetto expresó algo que desnudó su verdadera situación política: “Magnetto es, con todos sus defectos y sus errores, un contrapoder”, afirmó.
A ver, a ver…
¿Qué dijo exactamente Carrió? Simple: la oposición política, democrática, republicana no tiene ni la menor posibilidad de producir un contrapeso contra el poder del oficialismo. Es inútil de toda inutilidad posible. No puede ni siquiera hacer de oposición. Y esto la incluye, claro.
Pero hay algo más grave, todavía, que se desprende de sus palabras. Y es que con tal de que haya un contrapoder, si es necesario, hay que ir a buscarlo por afuera de la política, es decir, a las corporaciones económicas como el Grupo Clarín, pero que también pueden ser la Sociedad Rural o la Asociación de Empresarios Argentinos, por ejemplo. Para Carrió, hay que apoyar a los grupos económicos concentrados en su lucha contra los políticos y la política.
Y es lógico, después de todo, Clarín y La Nación son la Argentina. ¿Pero qué Argentina? La que defendió la campaña del desierto y el fraudulento reparto de tierras, la que apoyó los golpes militares de 1930, 1955, 1966 y 1976, la que festejó la apropiación cruenta de Papel Prensa, la que legitimó la brutal transferencia de riqueza de los sectores populares a los grupos concentrados en los ’90. Esa es la Argentina que defiende Carrió.
Por suerte, hoy, las Fuerzas Armadas no son grupo de presión importante. Si lo fueran, Carrió estaría celebrando a ese contrapoder armado. Si lo fueran, ¿Carrió estaría golpeando las puertas de los cuarteles?
Los políticos elaboran las palabras. Y la sociedad las consume como el trigo, como su pan discursivo. Blas de Otero escribió alguna vez: “Si abrí los labios para ver el rostro puro y terrible de mi patria, si abrí los labios hasta desgarrármelos, me queda la palabra.” Era una límpida defensa de la palabra como muralla de contención contra la brutalidad del régimen franquista, era la palabra como un arma –como Gabriel Celaya decía de la poesía: un arma cargada de futuro– capaz de enfrentar al brutal silencio de muerte que imponía la dictadura franquista. La palabra de Otero estaba compuesta de sentido, tenía densidad, era pesada.
En la Argentina de hoy, con sus discursos banales, sus metáforas rimbombantes y estrafalarias, algunos políticos creen estar haciendo disparos letales. No reparan en que, para gran parte de la sociedad, sus revólveres están cargados con balas de cebita.

Burguesía pobre, empresarios ricos

Una frase fetiche se les ha pegado en los últimos tiempos a los políticos oficialistas. Reunión a la que uno vaya, ellos expresarán con una certeza inexpugnable: “No queremos un Estado ausente”, como si hubieran encontrado una verdad alumbradora, a quien quiera escucharlos. Uno comprende la alegría que produce hallar una frase que permita resignificar el rol del aparato estatal en una nueva etapa, pero habría que tener cuidado qué lectura histórica se hace de los procesos políticos, económicos y sociales del pasado. Posiblemente, la idea de un “Estado ausente” provenga de una concepción noventista de la economía, pero que, con honestidad intelectual, y viendo los resultados de lo que se llamó el neoliberalismo, hace una fuerte crítica a esa supuesta falta de presencia del Estado. No es un detalle menor o un galimatías. Quien cree que el Estado estuvo ausente en los años noventa no alcanza a desprenderse todavía de algunos principios económicos que horadaron a este país en los ’90.
Juan Domingo Perón –perdonen el exceso de ortodoxia discursiva– solía decir que “la economía nunca ha sido libre: o la controla el Estado en beneficio del Pueblo o lo hacen los grandes consorcios en perjuicio de este”. Tenía razón, claro. Pero hay algunas cosas interesantes en esa proposición y es que, justamente, habla del rol del aparato estatal. Primero, que no hay libertad ni ausencias. Segundo, que el rol del Estado es estar a favor de las mayorías o del pueblo y no de las corporaciones: este concepto fue escrito hace más de 40 años. Y tercero, que si el Estado no cumple con su rol no se ausenta, sino que es usado por los grandes consorcios para su propio beneficio y en contra, justamente, del aparato estatal.
Eso fue justamente lo que ocurrió en los años noventa y durante la dictadura militar. No se trató de un Estado ausente, sino de un Estado al servicio de los grupos económicos más poderosos del país y en contra de su propia existencia. En 25 años vio multiplicada su deuda externa de 7 mil millones de dólares a 180 mil millones, pero además se produjo la transferencia de ingresos más feroz de la historia (de una distribución del 53% a favor del trabajo se pasó al 77% a favor del capital) y, como demuestra Mario Rapoport en su monumental Historia económica, política y social de la Argentina se ha producido una brutal concentración y oligopolización del sistema económico (es decir, al interior de cada rubro de producción industrial, agrícolo ganadero y financiero, han sido beneficiados los grandes grupos en contra de los pequeños y medianos empresarios y productores).
Y el Estado fue partícipe de ese proceso. No estuvo ausente. Porque el Estado, si bien no es un aparato desideologizado, está allí para ser llenado de decisiones y políticas públicas. Parafraseando a Perón, se podría decir que “un Estado nunca está ausente: o lo controla el Pueblo en su beneficio a través de los políticos que elige o lo hacen los grandes consorcios en su perjuicio del pueblo y del Estado y en provecho de sí mismos”.
Ahora bien, ¿cómo se llena un Estado de poder real? Mediante una confluencia de sectores políticos, económicos y sociales o por la fuerza. Si no, sólo se administra con mayor o menor eficacia. Como la política no se hace desde París, sino tomando decisiones que beneficien o perjudiquen a unos o a otros, es que se necesita una alianza de sectores. El peronismo fue tradicionalmente eso: un puente entre los sectores populares con una identidad relativamente fuerte y sectores dirigentes industriales que, en mayor o menor medida y por un lapso breve o prolongado, apoyaron la experiencia justicialista. El problema es que a lo largo de la historia sólo el sector del trabajo ha permanecido fiel a su compromiso peronista. Contradiciendo a sus propios intereses, los industriales han defeccionado una y otra vez a su rol histórico de construir un mercado interno, basado en el desarrollo industrial y que permitiera explorar el terreno de una exportación de productos manufacturados. Han defeccionado en su rol de conductores o sector dirigente para convertirse en patrones de estancias. Utilizaron el Estado sólo para sus negocios personales. Como el Grupo Techint o Loma Negra, por ejemplo, que luego de haber sido subsidiados históricamente por todos los argentinos a través de las políticas de promoción industrial y beneficiados por negociados con el Estado, vendieron sus empresas a capitales extranjeros como si se trataran de reliquias exclusivamente familiares y no estuviera en juego el esfuerzo de todos los argentinos. Porque cuando un ciudadano común paga el 21% de IVA, ese dinero no sólo va para la asistencia social, también va a subsidios y promociones industriales. O como Cristiano Rattazzi, el presidente de Fiat Auto Argentina, que después de asistir a un crecimiento anual de su sector en un promedio de nueve puntos, se despacha contra el modelo económico y realiza críticas públicas para esmerilar el consenso político del gobierno en su enfrentamiento con un grupo oligopólico como Clarín.
Desgraciadamente, los argentinos debemos sufrir una burguesía con síndrome maníaco depresivo y con tendencias automutilantes y suicidas. De otra manera no se entiende por qué apoyaron a la dictadura militar y al proceso neoliberal 1989-2002, y no se escucharon a los Rattazzi criticar la política de desindutrialización de los años noventa. Tampoco se escuchó a la Unión Industrial Argentina o a la Asociación de Empresarios Argentinos patalear cuando devastaban el mercado interno con la convertibilidad y el liberalismo comercial.
(Digresión: ¿El caso Papel Prensa puede alumbra y ayudar a comprender la desaparición de la Confederación General Económica de José Ber Gelbard? ¿Es necesaria hoy para el país una nueva CGE que limite el poder de los industriales suicidas?)
La burguesía argentina siempre ha tenido problemas de identidad no resuelta. Ya lo explicó Jorge Abelardo Ramos en su libro Revolución y contrarrevolución en la Argentina cuando le dio al Ejército argentino, conducido por Julio Argentino Roca, el rol de suplantar a la burguesía nacional que no quería asumir su rol histórico. De hecho, la línea de Enrique Mosconi y Manuel Savio, que confluye en el GOU y en el primer peronismo, son herencias, para Ramos, de esa Generación del ’80. Ahí tampoco, claro, el Estado estuvo ausente. Alguien podría pensar que, en definitiva, el problema de la burguesía argentina ha sido que nunca ha tenido el peso económico que sí tuvo el campo, por ejemplo, a lo largo de la historia. Pero sería una falsedad afirmar eso. El problema está en un desfasaje que ya había marcado Arturo Jauretche en su libro El medio pelo... como “tilinguería”: pensarse así mismo como lo que uno no es. En la Argentina, los sindicalistas piensan como empresarios, los industriales como terratenientes y los oligarcas como industriales de los países centrales. Lo que sí es cierto es que siempre han sabido defender sus intereses particulares. Ahora, por ejemplo, saldrán a fustigar el más que interesante proyecto de Héctor Recalde de participación de los trabajadores en las ganancias empresarias. Y es allí donde demuestran su “patronismo” de estancia. Sólo van por la ganancia. Renunciaron a su rol histórico. A esa renuncia, le debemos los argentinos un país con una pobre burguesía, pero, obviamente, con ricos empresarios que se beneficiaron con un Estado nunca ausente.

lunes, 30 de agosto de 2010

La patria y el perro de Buzzati


Hernán Brienza

Hace exactamente diez años aprendí a querer a este fantasma que llamamos patria. Jamás podré olvidarme de esa tarde helada de enero en la que el sol intentaba en vano templar el invierno entre las colinas de la Basilicata, en Italia.

Ésa es la región de mis antepasados, allí se remonta la historia de mi apellido y los sufrimientos y los gozos de los que me precedieron. Es la región más pobre de la península; es tan pobre que ni mafia tiene siquiera. Estuve poco tiempo caminando en Forenza, el “paese” de apenas cinco mil habitantes, entre sus casas de piedras milenarias, con sus matronas vestidas de negro, sus campesinos que andaban lento, sus obreros que regresaban de otras ciudades, sus jóvenes que soñaban con escaparse a Nápoles, a Roma, a Milán. Yo era un extraño, un turista, y ellos no sabían nada de “diecisietes de octubres”, de “riverplates”, de “Borges ni marechales”. No sabían nada de ese piano acompasado de Salgán y ni se imaginaban de los “raros peinados nuevos” que usé en los ochenta cuando iba ver a Charly García o al Flaco Spinetta en Barrancas de Belgrano. Yo, claro, tampoco sabía nada de ellos. Habían pasado más de cien años (“cent anni”) desde que en 1897 mi bisabuelo había abandonado esas tierras.

La pregunta obvia que me surgió aquella tarde fue: ¿qué habría sido de mí si Vito Brienza no hubiera tomado el barco rumbo al Plata?

El único recuerdo que tenemos de Luigi, el padre de Vito, es que era tan pero tan bruto que una vez un burro lo mordió y el tipo, sin entrar en razones, le dio un mamporro al pobre animal que lo durmió en el acto. No era un príncipe de la baja Italia, por cierto, ni un caballero andante. Allí está el origen mitológico de los míos: en un hombre delicado, refinado, exquisito, capaz de establecer una relación de igual a igual con un pobre burro. Vito mejoró, es cierto, vino a estas costas, se hizo trabajador anarquista e inundó con prole las calles de Flores. Entre ellos mi abuelo, un poco esforzado empleado público que soñaba con las luces del teatro, leía los sainetes y le gustaban las muchachas más que respirar cada mañana. Lo siguió mi viejo: un empleadito bancario que llegó a gerente y pudo dar un salto y asegurarles a sus hijos un buen pasar y la oportunidad de terminar una carrera universitaria. Por eso cuando me fui tan envalentonado a Italia, a conocer la patria de mis mayores, mi viejo me miró como miran los viejos algunas veces y me dijo: “Ni se te ocurra quedarte, ¿no? Ellos mandaron un campesino semianalfabeto y nosotros les devolvemos un universitario”.

La otra noche estaba cenando con un amigo entrañable en un restaurante pretensioso en los extremos de Palermo y él comenzó con la cantinela sobre “este país de acá”, “este país de allá”. Esa letanía entre tilinga y autodenigradora tan común en ciertos sectores de la clase media que, irónicamente, no fueron los más perjudicados en el andamiaje económico y político argentino. Esa queja constante de turista nuevo rico en un hotel desvencijado que él cree no está a su altura. Inmediatamente me surgió la duda: “¿Éste habrá sido nieto de príncipes europeos?, ¿descendiente de marqueses de Lyon, condes de Aragón, duques de Baviera?, ¿o tendrá más que ver con aquellos “gallegos ignorantes de Lugo”, “tanitos brutos del Mezzogiorno” o “rusitos come papas de Mitteleuropa”?

Yo estudié en el Mariano Moreno y en la UBA gracias al aporte de todos los argentinos. ¿Estoy seguro de que me merecía esa donación? ¿Estoy seguro de que soy mejor que este país? ¿Qué carajo hice yo para que este país fuera mejor como para que legitime a realizar una diatriba como la que siempre emprendemos cada vez que jugamos a hacer de herederos de un trono europeo?

La patria no existe, ya lo sé. Los Estados-nación son fantasmas del siglo XIX, ya lo sé. Pero se me hace que es el último refugio de comunidad que resta para sentirse parte de algo. No creo en nacionalismos baratos, en xenofobias, en esencialismos absurdos ni en tradicionalismos marmóreos. Acaso para mí la patria sea como ese perro cachuzo del cuento de Dino Buzzati (“El perro que vio a Dios”) que se paseaba por las calles del pueblo y se presentaba ante los ladrones, los estafadores, los adúlteros, los miserables, los mezquinos para recordarles (o hacerles creer) que había un Dios. Ese perro, claro, era un fantasma, una aparición espectral, pero convirtió a esa aldea en un pueblo mejor.

La patria no existe, ya lo sé. Pero sin ese perro espectral nada me une a Juan Pindonga de La Rioja. Sin una idea de comunidad, nada me impide convertirme en un corrupto, un estafador, un miserable o un mezquino. Después de todo, yo no soy hijo de un noble guerrero medieval, soy hijo de un tanito dormidor de burros. Yo no soy mejor que el perro de Buzzati. ¿Y usted? (CríticaDigital)

lunes, 23 de agosto de 2010

“Todos están hablando en términos de la agenda kirchnerista”



Reportaje que me hizo Iván Schargrodsky para www.politicargentina.com

El politólogo y periodista Hernán Brienza analiza cómo la construcción desde un posicionamiento de centroizquierda del kirchnerismo está condicionando a todos los sectores políticos. Entiende que existe “un germen kirchnerista” en Biolcati, que lo obliga a hablar de los pobres y asegura que es “una canallada” que la Sociedad Rural quiera imponer nociones de democracia.
-En cuanto a este modelo, ¿se puede hablar de kirchnerismo o es un peronismo kirchnerista?
-Creo que todavía es un peronismo kirchnerista. La posibilidad de diferenciación con el peronismo va a estar dado en dos cosas: uno, con el paso del tiempo, que incluye saber si existe la posibilidad de un nuevo período y qué pasa si el kirchnerismo es derrotado; si tiene fuerzas suficiente para sostenerse y construir una herramienta política alternativa al peronismo, que se separe de su lógica histórica. Esas son las cuestiones que están más relacionadas con el tiempo. Las que están vinculadas con la política en sí, es si el kirchnerismo va a utilizar una herramienta diferente al peronismo para construir su propio poder. Es decir, si va a ser un frente común, que incluya parte del peronismo, pero que lo exceda; si va a ir a otros sectores, como puede ser el EDE de (Martín) Sabbatella, sectores del pinismo que terminen convergiendo con el kirchnerismo, algunos actores del socialismo y el radicalismo, que se quiebren de los respectivos partidos. Y si arma una herramienta política que le permita trascender en el tiempo.
-Y respecto al peronismo, específicamente, ¿cree que es representado por figuras como Oscar Ivanisevic o Raúl Apold, por Enrique Santos Discépolo o Arturo Jauretche, o es una convergencia de ambos?
-Hay varias respuestas. Una es si se puede buscar un peronismo esencialista. La otra tiene que ver con cómo se fue transformando ese peronismo a lo largo de estos 60 años, y que en realidad hace más pie en la cuestión pragmática, en estos cambios que aparenta sufrir el movimiento, con cada momento histórico que le toca liderar. El tercero es el carácter movimientista del peronismo. Éste tiene la característica de tener en su propio seno tanto a la izquierda como a la derecha. Al radicalismo le pasa lo mismo, pero no se le nota tanto, porque no discute poder, entonces no son tan vehementes las facciones al interior. La pregunta que vos hacés está relacionada con si John William Cooke y Apold pueden convivir dentro del peronismo. La respuesta es complicada, porque el peronismo tiene alguna iluminación en el fascismo originario –que negarla es una estupidez-, pero al mismo tiempo excede esa denominación originaria, sobre todo por ese componente plebeyo que le ofrece la CGT. Y al mismo tiempo, porque su líder, (Juan Domingo) Perón, no tiene un componente antisemita, para nada. Él mismo es un nacionalista, sin excesivo amor por la liturgia nacionalista. Entonces es contradictorio en sí mismo. Creo que eso sucede porque era un hombre inteligente, y como tal no podría encerrarse en un dogma. Me da la impresión que tiene tantas posibilidades, que querer acotar al peronismo es recortarle las alas. Si vos me preguntaras qué es el peronismo, te diría que es un movimiento que tracciona hacia sus tres principios, que son la justicia social, la independencia económica y la soberanía política.
-Usted mencionaba también al radicalismo. ¿Es virtuoso el bipartidismo o debería haber alguna alternativa?
-Toda alternativa es buena, pero me parece que las construcciones políticas tienen que ver más con las tradiciones de los países que con otra cosa. En Inglaterra y Estados Unidos, el bipartidismo funciona sin problemas desde hace décadas. Se podría decir que la posibilidad de analizar si hubo bipartidismo o no en Argentina se dio recién en 1983, porque si vos lo analizás hubo radicalismo, peronismo y partido militar El bipartidismo funcionó entre 1983 y 1999, porque ya la Alianza no es el radicalismo en sí mismo. Las elecciones de 2003, 2007 y 2011 ya están teñidas por tres, cuatro o cinco candidatos más personalistas, que poco tienen que ver con las construcciones políticas en sí.
-¿Y este problema es de base, de formación de cuadros, o que la misma dinámica de la política no deja avanzar a esos militantes?
-Los partidos más tradicionales en cuanto a militancia y cuadros son los de izquierda, lo que pasa es que representan el 1 por ciento del padrón electoral. Los partidos mayoritarios tienen una construcción diferente, que es por el impacto de los medios de comunicación. Sergio Fabbrini (NdeR: politólogo italiano) dice que estamos viviendo una teledemocracia, es decir, que la televisión es la que te impone los candidatos más que los procesos políticos. Es un problema lo que ocurre con los cuadros y la militancia, porque pareciera ser que la política está definida arriba, que no hay esa construcción dialéctica de hace unos años, en la cual parecía que había un diálogo entre las bases y la conducción. Parece todo mucho más verticalista, mucho más definido de arriba, en todos los partidos mayoritarios. Tampoco se lo ve al radicalismo exageradamente preocupado por lo que piensan sus militantes y las ideas que elaboran. Lo que sí creo es que hay una gran crisis en la militancia.
-¿Cómo calificaría el discurso de Hugo Biolcati?
-Si ellos son la patria, yo soy extranjero, como dice Charly García. Es un discurso muy hipócrita: la Sociedad Rural preocupándose por los pobres parece una chicana. Y el presidente de esa entidad pidiendo diálogo y después tirando un volquete de bosta sobre el adversario con el que hay que dialogar, parece ser una contradicción en sí misma. Es muy difícil sentarse a negociar con un tipo que te dice que sos corrupto, intolerante. Recordemos que la Sociedad Rural se formó en el año 1866, y que siempre vivió amparado en las tierras fiscales, que les regalaban a las familias más importantes. Su fundador, José Martínez de Hoz, luego de la Campaña del Desierto recibió tres millones de hectáreas como donación por haberla costeado. Los Roca recibieron decenas de miles de hectáreas, por haber realizado la Campaña. Entonces, cuando uno analiza la Historia, se da cuenta de qué forma se hizo este país, y cuando ellos hablan de la “tierra eterna” están hablando de que son eternos en cuanto al poder que usufructúan desde la tierra. Un poder que les fue regalado. Entonces, que la Sociedad Rural, que apoyó el golpe de 1930, de 1955, el del ’76, que aplaudió a la dictadura militar en el ’77, ’78, venga a intentar imponer nociones de democracia al resto de los argentinos, me parece una canallada.
-¿Cree que, en 2011, la disputa del kirchnerismo será con el aparato duhaldista, y no con Ricardo Alfonsín o Mauricio Macri?
-El escenario que más le conviene al kirchnerismo es que no sea un contrincante peronista. Es muy difícil saber cómo se va a posicionar la segunda vuelta, porque hay que ver cómo se aglutinan.
-Hace unos días, Ricardo López Murphy planteó que el kirchnerismo contaba con el 40 por ciento de los votos, y que si el ACyS se desmembraba, le facilitaban una re-elección.
-Sí, es posible, lo que pasa es que hay que ver qué ocurre en la segunda vuelta.
-Él se refería a que, con ese panorama, el oficialismo ganaría en primera vuelta.
-Sí, todas las encuestas que yo vi posicionan al kirchnerismo cerca de la primera vuelta. Estaría cerca del piso histórico del peronismo, pero hay que ver cuántos candidatos son. Creo que Macri está afuera, y habría que analizar si se llega a dar una alianza Alfonsín-(Hermes) Binner. Hay que ver cómo reacciona la sociedad en segunda vuelta con un Duhalde-Kirchner, a quién visualiza como peor alternativa, pero eso se va a ver recién con el clima electoral. En enero de este año, cualquiera que pasaba por la casa de los Kirchner, les tocaba el timbre para incriminarlos. Hoy pasan para mirar si aparecen, para saludarlos. Si continúa esta ola de crecimiento, se llegaría a 2011 con un kirchnerismo más consolidado. Hay que ver qué pasa con el voto vergonzoso, que es aquel que está decidido, pero no quiere decir a quién va a votar. A (Carlos) Menem le pasó mucho en el ’95, había mucha gente que lo votó y no lo dijo. Al otro día salías a la calle y “yo no lo voté”: nadie lo había votado y había ganado con el 51 por ciento de los votos. Desde la crisis del campo, han conseguido el apoyo de vastos sectores, incluso que aquellos, durante ese conflicto, habían jugado en contra del kirchnerismo. Y todavía al oficialismo le falta jugar sus últimas cartas.
-Renta financiera, Impuesto a las ganancias.
-Sí, o algo más importante todavía. Lo bueno de este momento político es que se corren todos por izquierda. La oposición le pide el 82 por ciento móvil, ahora va a pedir un decreto de Felicidad compulsiva para todos y el kirchnerismo va a firmar un decreto de Felicidad y alegría compulsiva para todos, y esa competencia por izquierda que se está dando es beneficiosa para el ciudadano medio, porque –culturalmente- se pelean para ver quién puede ofrecer en 2011 mayor cantidad de incentivos. Y ahí hay un cambio cultural, porque la salida del kirchnerismo parecía ser por derecha.
-La foto de Biolcati con los popes del Peronismo Federal.
-Si uno hoy mira la foto de Biolcati con (Eduardo) Duhalde, Macri, parecen poco seductores para el argentino de a pie. “¿Qué pueden ofrecerme los dueños de la tierra a mí?”, piensa hoy el hombre que toma el colectivo. En cambio, pareciera ser que la preocupación por el bienestar general, entendido en términos económicos, sociales, políticos, culturales, parece estar dentro de la agenda del sector de centroizquierda. No en vano Biolcati se ve obligado a hablar de los pobres; no se refiere a la distribución de la riqueza, porque ahí caería en una propia contradicción. Estoy pensando si en Biolcati mismo no hay también un germen kirchnerista, de tener que hablar de los pobres, porque sino su discurso es absolutamente desestimado. Es interesante el fenómeno que se da: todos están hablando en términos de la agenda kirchnerista.

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