Hernán Brienza
Si la suerte ayuda, si la estrategia es la correcta, si la inspiración se enciende en el momento oportuno, en los próximos quince días se puede producir un hecho político histórico: que Diego Armando Maradona alce por segunda vez en su vida la Copa Mundial de Fútbol. Veinticuatro años pasaron desde que en aquella primavera democrática –la cita no es vana- se iniciara la leyenda del último mito que hemos construido los argentinos. De esa magia-veneno que tanto nos caracteriza. Porque si logra alzar nuevamente el trofeo, la vida de los argentinos puede volver a tener un poco de magia, que consiste en que un tipo que viene bien de abajo, puede llegar a la cima del mundo. Y que puede desbarrancarse y pasearse por los infiernos. Y puede salir. Y si sale nuevamente campeón, todo es posible.
Este esquema está grabado en nuestro ADN sociopolítico: es el mito de la movilidad social argentina, y en algún punto también es el “m´hijo el dotor” de los inmigrantes que venían con las manos vacías. Los grandes mitos populares argentinos siguen la línea crística de profecía-muerte/humillación- redención: Gardel, Evita, Gatica, el Che –proviene de una familia burguesa venida a menos- siguen ese orden y organizan las expectativas políticas, existenciales de los conglomerados de las grandes mayorías, e interpelan, en mayor o menor medida, a lo estatuido, lo institucionalizado.
Es posible que la selección nacional se manque en alguna de las cuatro finales que quedan –aunque para el mundo de los negocios del fútbol es muy difícil perderse una final con “D10s” en el banco y Leonel Messi con el 10 en la espalda-. Pero si Maradona logra alzar la copa se cierra el relato que marca Joseph Campbell en su célebre libro El héroe de los mil rostros. Porque sería el rescate final del héroe en el imaginario popular. El que estuvo allí, en la cima de la gloria, el que cayó y volvió a subir. Es el caballero medieval Perceval que vuelve con el Santo Grial en la mano. Es uno de los nuestros que pudo volver a zafar, a rescatarse, en un relato que en la vida real es una posibilidad mínima de victoria, y una probabilidad máxima de fracaso. Pero si él pudo, cualquiera de nosotros puede. En ese sentido es magia-veneno para los argentinos.
¿Por qué hablar de Maradona en una columna política? Sencillo. Hace 24 años que Diego ya no es solamente fútbol. Es un “aleph” borgeano de la argentinidad, “es uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos… el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos”. Es decir, Quien mira a Maradona ve a la Argentina concentrada y expandida, como un ordenado caos, como una contradicción, un desborde, como la pasión y la bizarría, la irreverencia y la astucia zorra, el cinismo que hiere la hipocresía, es el infierno, lo grotesco, la gloria, el grito en un país de mediocridad silenciosa, es lo incontenible, lo inaprensible. Es un principio y fin, es un Dios, claro. Pero un dios intermitente, que leyó a Friedrich Nietzsche. Porque cada tanto llega un Zaratustra a estas tierras ha decir que ha muerto y cada tanto resucita.
En el “renacimiento maradoniano” anida el germen de la soberbia nacional. En un paralelismo entre la crisis del 2001 y la primera fase del Mundial uno podría decir que los argentinos no sabemos cómo ni por qué pero tenemos el pensamiento mágico de que siempre resucitamos. Y lo cierto es que mágicamente resucitamos. Lo mismo ocurre con Diego. Y la magia-veneno de estar “condenados al éxito” funciona por afuera de la racionalidad, de la institucionalidad como fuente de verdad.
Hoy asistimos al “mejor” Maradona: trajeado, circunspecto, sonriente, pícaro, cómplice, heroico, generoso en los buenos momentos. Hoy asistimos al Maradona aceptado, a la leyenda blanca querido por las chicas de San Isidro que se ponen la camiseta oficial de la Selección, por los ejecutivos que festejan pero miran recelosos esperando que vuelva a caer, por las tías paquetas que toman el té en Las Violetas. Pero hay otro Diego, ese incontenible: gordo, negro, despeinado, vencido, ampuloso, fanfarrón, bestial consigo mismo y con los demás. Barbárico. Y, paradójicamente, ese es el “Diego de la gente”, el del país de los negros, de los gordos, de los despeinados, los vencidos, los bárbaros. Nadie se asusta en la Argentina de que alguien “lo mande hacer un pet”; resulta simpático, “ivertido”, trasgresor, en boca –perdón la obviedad- de pongamos Iván de Pineda. El problema es cuando un tipo de la villa de Fiorito, un “drogón”, “un negro de alma”, con los tatuajes del Che y de Fidel en el cuerpo, manda a “que la sigan chupando” a la sección civilizada de este país.
Maradona no divide al país en términos político-partidarios –aún cuando, como escribió Pablo Llonto, sirva como detector de gorilas del siglo XXI-. Lo quiebra en términos existenciales. Es lo barbárico como “vitalidad irredenta” –en palabras del olvidado filósofo Rodolfo Kusch- contra el poder, lo poderoso, ya sea el Menemismo, Estados Unidos, Bernardo Neustadt, la FIFA, Pelé, Clarín, o el periodista-motoquero Toti Pasman.
¿Es esta una columna política? ¿Qué consecuencias políticas puede tener que la Selección Maradoniana gane el Mundial? Muy pocas. Raúl Alfonsín perdió las elecciones del 87, un año después de México. Significa para la mayoría de los argentinos, apenas, la posibilidad de “robarle la gorra al diablo” un rato (Carlos Indio Solari, otro barbárico). Nada más y nada menos. Una redención mitológica. Y es posible que en los mitos, los pueblos vivan irredentos.
domingo, 27 de junio de 2010
domingo, 20 de junio de 2010
El Peronismo ¿un bodrio histórico?
Hernán Brienza - Columna del 20 de junio. Tiempo Argentino
En ese libro profético –en el sentido más estricto de la palabra- que es Megafón o la guerra, el escritor Leopoldo Marechal ofrece una definición creativa y al mismo tiempo curiosa de la Patria. En el Introito, sostiene el gran autodidacta de Villa Crespo que la Patria es una víbora. Recordemos: “La víbora es una imagen del suceder: enrosca sus anillos en un árbol o se desliza por el suelo; clava sus colmillos en una víctima, se la engulle y duerme luego su trabajosa digestión. Y la Patria o es un suceder o es un bodrio”. Ese “suceder” para Marechal no es otra cosa que el cambio de piel que una Patria debe hacer para mantenerse viva y no anquilosarse en tradiciones anacrónicas, en esencialismos envanecidos.
Me gusta pensar que la Patria cambia su piel cada tanto. Pensar que no es la misma, que se renueva, que sorprende. Me gusta pensar que es una esperanza permanente y también una “posibilidad infinita” –definición que Marechal le ofrece al tango-. Por ejemplo, me gusta pensar que a partir de los festejos del Bicentenario se produjo un cambio cultural que comenzó a quitar la piel del “malinchismo” y la “tilinguería”, o que ya desde hace unos años nuestro país se piensa a sí mismo no como una coto de caza para los acumuladores de riqueza sino como una construcción colectiva en la que tracciona la idea de la redistribución de esa riqueza. Me gusta creer que Argentina se quiere desprender de la lógica del capitalismo oligopólico para ingresar en un modelo sustentado en la producción de las Pymes y las experiencias cooperativas. Me gusta creer, por último, que la política también ha empezado a cambiar: que es más sustanciosa, menos dependiente de los logaritmos financieros, que los nuevos políticos son algo más que la foto de Juan Manuel Urtubey, Diego Santilli, Pablo Bruera y Sergio Massa mirando el mundial por un televisor LCD.
Porque para que la víbora cambie de piel también deben mudar la suya los grandes movimientos populares que han protagonizado las transformaciones radicales en el pasado. Y quizás el Peronismo sea la última estación de ese suceder que comenzó con los revolucionarios de Mayo, continuó con los federales, el alemismo, el yrigoyenismo, las experiencias de los setenta. Es decir que, tal vez, haya sido el último “bloque histórico”, en términos gramscianos, que pudo poner en jaque a los acumuladores de riqueza en la Argentina. Cambiar o necrosarse, esa es la cuestión. Cambiar o convertirse en un partido del Orden sin otro destino que asistir desde la balaustrada del poder a la aparición de una nueva estación de ese suceder popular, nacional, progresista, de izquierda o como quiera denominárselo.
La foto de los popes del peronismo disidente o federal -propuesta por el multimedios oligopólico como supuesta prenda de unidad y alternativa al kirchnerismo- obliga a repensar al peronismo. Es decir, a hacer un análisis más allá del poroteo interno, de la especulación de si se presenta a la interna contra el kirchnerismo o va por afuera, de si negociará con el gobierno desde una posición de fuerza o preferirá la desunión del pejotismo para favorecer un gobierno pactado con el radicalismo cobista, por ejemplo, o si los jefes distritales van a duplicar listas en uno y otro espacio para jugar a dos puntas. Porque más allá de las cuestiones de caja, de pragmatismo sin cabeza, de maquiavelismo ciego, el Peronismo, como actor popular, con el movimiento obrero organizado ya no como columna vertebral pero sí como bastón de convivencia social, debe repensarse a sí mismo.
Obviamente, no se trata aquí de agitar el peronómetro para ver quién es el mejor exégeta de Juan Domingo Perón, pero sí de hacer una advertencia. Más allá de que la construcción cultural del kirchnerismo exceda y atraviese al peronismo –el actual proceso atrae a radicales, socialistas, comunistas, nacionalistas, progres, en una licuadora semejante a la construcción que hizo el peronismo en 1946- y a pesar de los sueños, los imaginarios y los devaneos de propios y ajenos, el kirchnerismo es más peronista de lo que sus adversarios internos y sus adherentes externos desean.
Es decir, más allá de los supuestos tres (Ricardo Sidicaro) o cuatro peronismos históricos (Alejandro Horowicz), de la teoría de las máscaras (Silvio Maresca) o de un movimiento con pensamiento estratégico (Jorge Bolívar), hay cuatro o cinco principios constitutivos del peronismo y que le dan su razón existencial: la tracción por la distribución de la riqueza –el tradicional 50 y 50 en la distribución del ingreso-, el nacionalismo económico –no demasiado dogmático, por cierto-, la alianza de clases entre el sector del trabajo y el empresario industrial no concentrado, el continentalismo antihegemónico en política exterior, y la ampliación de derechos civiles y políticos –aún cuando la matriz de pensamiento sea de origen conservadora las grandes transformaciones en esta materia las llevó adelante este movimiento-. En mayor o menor medida, el kirchnerismo aparece como un heterodoxo continuador del clasicismo peronista.
En el momento clave del Bicentenario, entonces, el peronismo deberá decidir si se pondrá a la cabeza o participará con otros espacios políticos de un modelo capitalista moderno e incluyente o quedará anclado en el modelo noventista que profundizó la acumulación y concentración de la riqueza.
Es decir, este “gigante invertebrado y miope”, según las palabras de John William Cooke, con su Bureau político, su dirigencia, sus cuadros, sus militantes, sus intelectuales, deberá elegir si, como diría Marechal, se convierte en un suceder o termina, finalmente, transformado en un bodrio histórico.
En ese libro profético –en el sentido más estricto de la palabra- que es Megafón o la guerra, el escritor Leopoldo Marechal ofrece una definición creativa y al mismo tiempo curiosa de la Patria. En el Introito, sostiene el gran autodidacta de Villa Crespo que la Patria es una víbora. Recordemos: “La víbora es una imagen del suceder: enrosca sus anillos en un árbol o se desliza por el suelo; clava sus colmillos en una víctima, se la engulle y duerme luego su trabajosa digestión. Y la Patria o es un suceder o es un bodrio”. Ese “suceder” para Marechal no es otra cosa que el cambio de piel que una Patria debe hacer para mantenerse viva y no anquilosarse en tradiciones anacrónicas, en esencialismos envanecidos.
Me gusta pensar que la Patria cambia su piel cada tanto. Pensar que no es la misma, que se renueva, que sorprende. Me gusta pensar que es una esperanza permanente y también una “posibilidad infinita” –definición que Marechal le ofrece al tango-. Por ejemplo, me gusta pensar que a partir de los festejos del Bicentenario se produjo un cambio cultural que comenzó a quitar la piel del “malinchismo” y la “tilinguería”, o que ya desde hace unos años nuestro país se piensa a sí mismo no como una coto de caza para los acumuladores de riqueza sino como una construcción colectiva en la que tracciona la idea de la redistribución de esa riqueza. Me gusta creer que Argentina se quiere desprender de la lógica del capitalismo oligopólico para ingresar en un modelo sustentado en la producción de las Pymes y las experiencias cooperativas. Me gusta creer, por último, que la política también ha empezado a cambiar: que es más sustanciosa, menos dependiente de los logaritmos financieros, que los nuevos políticos son algo más que la foto de Juan Manuel Urtubey, Diego Santilli, Pablo Bruera y Sergio Massa mirando el mundial por un televisor LCD.
Porque para que la víbora cambie de piel también deben mudar la suya los grandes movimientos populares que han protagonizado las transformaciones radicales en el pasado. Y quizás el Peronismo sea la última estación de ese suceder que comenzó con los revolucionarios de Mayo, continuó con los federales, el alemismo, el yrigoyenismo, las experiencias de los setenta. Es decir que, tal vez, haya sido el último “bloque histórico”, en términos gramscianos, que pudo poner en jaque a los acumuladores de riqueza en la Argentina. Cambiar o necrosarse, esa es la cuestión. Cambiar o convertirse en un partido del Orden sin otro destino que asistir desde la balaustrada del poder a la aparición de una nueva estación de ese suceder popular, nacional, progresista, de izquierda o como quiera denominárselo.
La foto de los popes del peronismo disidente o federal -propuesta por el multimedios oligopólico como supuesta prenda de unidad y alternativa al kirchnerismo- obliga a repensar al peronismo. Es decir, a hacer un análisis más allá del poroteo interno, de la especulación de si se presenta a la interna contra el kirchnerismo o va por afuera, de si negociará con el gobierno desde una posición de fuerza o preferirá la desunión del pejotismo para favorecer un gobierno pactado con el radicalismo cobista, por ejemplo, o si los jefes distritales van a duplicar listas en uno y otro espacio para jugar a dos puntas. Porque más allá de las cuestiones de caja, de pragmatismo sin cabeza, de maquiavelismo ciego, el Peronismo, como actor popular, con el movimiento obrero organizado ya no como columna vertebral pero sí como bastón de convivencia social, debe repensarse a sí mismo.
Obviamente, no se trata aquí de agitar el peronómetro para ver quién es el mejor exégeta de Juan Domingo Perón, pero sí de hacer una advertencia. Más allá de que la construcción cultural del kirchnerismo exceda y atraviese al peronismo –el actual proceso atrae a radicales, socialistas, comunistas, nacionalistas, progres, en una licuadora semejante a la construcción que hizo el peronismo en 1946- y a pesar de los sueños, los imaginarios y los devaneos de propios y ajenos, el kirchnerismo es más peronista de lo que sus adversarios internos y sus adherentes externos desean.
Es decir, más allá de los supuestos tres (Ricardo Sidicaro) o cuatro peronismos históricos (Alejandro Horowicz), de la teoría de las máscaras (Silvio Maresca) o de un movimiento con pensamiento estratégico (Jorge Bolívar), hay cuatro o cinco principios constitutivos del peronismo y que le dan su razón existencial: la tracción por la distribución de la riqueza –el tradicional 50 y 50 en la distribución del ingreso-, el nacionalismo económico –no demasiado dogmático, por cierto-, la alianza de clases entre el sector del trabajo y el empresario industrial no concentrado, el continentalismo antihegemónico en política exterior, y la ampliación de derechos civiles y políticos –aún cuando la matriz de pensamiento sea de origen conservadora las grandes transformaciones en esta materia las llevó adelante este movimiento-. En mayor o menor medida, el kirchnerismo aparece como un heterodoxo continuador del clasicismo peronista.
En el momento clave del Bicentenario, entonces, el peronismo deberá decidir si se pondrá a la cabeza o participará con otros espacios políticos de un modelo capitalista moderno e incluyente o quedará anclado en el modelo noventista que profundizó la acumulación y concentración de la riqueza.
Es decir, este “gigante invertebrado y miope”, según las palabras de John William Cooke, con su Bureau político, su dirigencia, sus cuadros, sus militantes, sus intelectuales, deberá elegir si, como diría Marechal, se convierte en un suceder o termina, finalmente, transformado en un bodrio histórico.
domingo, 6 de junio de 2010
Los 200 años de la Gazeta - Tiempo Argentino 6-6
Hernán Brienza
Mañana se cumple el Bicentenario de la primera aparición del diario La Gazeta de Buenos Aires, esa publicación pensada por Mariano Moreno para sostener la revolución de Mayo. Porque ese fue el objetivo principal del “padre del periodismo” criollo: que la prensa ilumine al pueblo y lo sume al gobierno de la nueva junta. No debe sorprender a nadie la misión oficialista que le otorga Moreno, ya que el periodismo es un oficio nacido al calor de las revoluciones liberales de los siglos XVIII y XIX como la que él mismo proponía.
Mañana, se celebra, entonces, un nuevo Día del periodista, pero con ciertas particularidades: Desde hace muchos años, los trabajadores de prensa se percibían como parte de un bloque unificado contra el poder político de turno. Ese fue el modelo que imperó durante parte de los noventa y que comenzó a resquebrajarse a mediados de la actual década. Hoy, por primera vez en mucho tiempo, los periodistas nos encontramos divididos y enfrentados por cuestiones políticas que cuestionan profundamente el paradigma “profesional” –objetivo, neutral, aséptico- y proponen un ejercicio más recostado en la pluralidad de voces y en la honestidad intelectual de los comunicadores más que en la pretendida independencia.
Resulta significativo que para estas fechas, la Corte Suprema esté deliberando sobre la aplicación definitiva de la nueva Les de Servicios Audiovisuales –que terminará con la tirana decisión de que sólo el sector empresarial puede poseer medios de comunicación-y, los que es más trascendente aún, mañana, ingresará al banco nacional de datos genéticos las pruebas de Marcela y Felipe, los herederos de Ernestina Herrera de Noble, la dueña del poderoso multimedios, para determinar si son hijos de desaparecidos y, por lo tanto, si hubo o no delito de apropiación. La cuestión no es vana porque de demostrarse la existencia de ese crimen, demostraría no sólo la connivencia política y económica con la última dictadura militar por parte de Clarín –a través de tortuosa adquisición de Papel Prensa- si no también de la complicidad en la comisión de delitos de lesa humanidad. Y de esa sociedad surgió también la forma hegemónica de hacer periodismo en los últimos 40 años. Por eso sorprendió que, pese a la importancia del tema, el único diario que publicó esta semana la denuncia de que el Grupo “obstruía a la justicia” que realizaron las Abuelas de Plaza de Mayo haya sido Tiempo Argentino.
Mañana, el Día del Periodista, también estará teñido por los ecos del Bicentenario del 25 y la multitudinaria fiesta. Porque la evaluación política también se ha producido en los medios. Mientras Joaquín Morales Solá arremetió fuera de sí contra las celebraciones oficiales, Clarín y TN debieron salir a recuperar su clientela repitiendo hasta el cansancio los “festejos de la gente”, y Elisa Carrió convocó a los habitantes del Olimpo para sus habituales profecías políticas, las voces del kirchnerimo –Néstor, Cristina y Aníbal Fernandez- iniciaron un proceso de desapropiación del Bicentenario que logró: 1) Arrebatarle el discurso a la oposición respecto de a las celebraciones y 2) capitalizar el Bicentenario con inteligencia, es decir, se apropiaron, desapropiándose.
(Digresión: Lo que ocurrió durante los festejos del Bicentenario también fue un mensaje hacia el periodismo y que obliga a pensar los tipos de legitimidades que hasta ahora se habían manejado. A las mediciones de la patria encuestadora, a las de la patria mediática, se suma ahora ese silencioso y no demasiado homogéneo consenso que dijo presente sin demasiadas estridencias pero que cambió el mapa político nacional).
El Día del Periodista también encontrará a un gremio sumido en la pauperización laboral –el diario Crítica hace ya un mes que no sale a la calle porque la firma discontinuó el pago de los salarios de los trabajadores- y que también pone en cuestión la relación entre la entidad moral de las empresas y los discursos periodísticos que elaboran. Porque la libertad de prensa se defiende no sólo con editoriales bonitas sino también con las garantía de que los periodistas podamos realizar nuestros trabajos en un marco de dignidad.
Justamente, hacia ese marco de dignidad apunta la iniciativa del legislador Héctor Recalde de reglamentar la garantía constitucional prevista en el artículo 14 bis de la Constitución Nacional que consiste en la participación del sector laboral en las ganancias de las empresas.
(Digresión 2: Recientemente voceros de la UIA recomendaron a Recalde que se vaya a vivir a Cuba. Pero más allá de la oportunidad o no de abrir un frente de conflicto entre el gobierno y el sector productivo de la economía, convendría recordar que el artículo 14 bis es apenas un injerto que la reforma de 1957 –realizada bajo la dictadura de Pedro Aramburu y con una asamblea en la que no habían participado ni el peronismo proscripto ni la UCRI, que se retiró de las sesiones- es decir, muy alejada de lo que podría considerarse una Constitución de corte socialista).
Por estas razones es que el Bicentenario de la Gazeta nos obliga a reflexionar sobre la situación del periodismo. Quizás para salir de la confusión, del ahogo, de la vanidad autorreferencial, de ciertas prácticas hipócritas, sería bueno que los periodistas abandonáramos la ficción de la objetividad y la independencia para abrazar esa vieja tradición criolla de los escritores públicos. Después de todo, es la escuela chusca, es cierto, pero honesta hasta la brutalidad, que cultivaron Moreno, José Hernández, Roberto Arlt y Rodolfo Walsh, entre tantos otros. Quizás sea un buen momento para reescribir el presente recuperando algunos guiños del oficio que nos llegan de nuestro pasado.
Mañana se cumple el Bicentenario de la primera aparición del diario La Gazeta de Buenos Aires, esa publicación pensada por Mariano Moreno para sostener la revolución de Mayo. Porque ese fue el objetivo principal del “padre del periodismo” criollo: que la prensa ilumine al pueblo y lo sume al gobierno de la nueva junta. No debe sorprender a nadie la misión oficialista que le otorga Moreno, ya que el periodismo es un oficio nacido al calor de las revoluciones liberales de los siglos XVIII y XIX como la que él mismo proponía.
Mañana, se celebra, entonces, un nuevo Día del periodista, pero con ciertas particularidades: Desde hace muchos años, los trabajadores de prensa se percibían como parte de un bloque unificado contra el poder político de turno. Ese fue el modelo que imperó durante parte de los noventa y que comenzó a resquebrajarse a mediados de la actual década. Hoy, por primera vez en mucho tiempo, los periodistas nos encontramos divididos y enfrentados por cuestiones políticas que cuestionan profundamente el paradigma “profesional” –objetivo, neutral, aséptico- y proponen un ejercicio más recostado en la pluralidad de voces y en la honestidad intelectual de los comunicadores más que en la pretendida independencia.
Resulta significativo que para estas fechas, la Corte Suprema esté deliberando sobre la aplicación definitiva de la nueva Les de Servicios Audiovisuales –que terminará con la tirana decisión de que sólo el sector empresarial puede poseer medios de comunicación-y, los que es más trascendente aún, mañana, ingresará al banco nacional de datos genéticos las pruebas de Marcela y Felipe, los herederos de Ernestina Herrera de Noble, la dueña del poderoso multimedios, para determinar si son hijos de desaparecidos y, por lo tanto, si hubo o no delito de apropiación. La cuestión no es vana porque de demostrarse la existencia de ese crimen, demostraría no sólo la connivencia política y económica con la última dictadura militar por parte de Clarín –a través de tortuosa adquisición de Papel Prensa- si no también de la complicidad en la comisión de delitos de lesa humanidad. Y de esa sociedad surgió también la forma hegemónica de hacer periodismo en los últimos 40 años. Por eso sorprendió que, pese a la importancia del tema, el único diario que publicó esta semana la denuncia de que el Grupo “obstruía a la justicia” que realizaron las Abuelas de Plaza de Mayo haya sido Tiempo Argentino.
Mañana, el Día del Periodista, también estará teñido por los ecos del Bicentenario del 25 y la multitudinaria fiesta. Porque la evaluación política también se ha producido en los medios. Mientras Joaquín Morales Solá arremetió fuera de sí contra las celebraciones oficiales, Clarín y TN debieron salir a recuperar su clientela repitiendo hasta el cansancio los “festejos de la gente”, y Elisa Carrió convocó a los habitantes del Olimpo para sus habituales profecías políticas, las voces del kirchnerimo –Néstor, Cristina y Aníbal Fernandez- iniciaron un proceso de desapropiación del Bicentenario que logró: 1) Arrebatarle el discurso a la oposición respecto de a las celebraciones y 2) capitalizar el Bicentenario con inteligencia, es decir, se apropiaron, desapropiándose.
(Digresión: Lo que ocurrió durante los festejos del Bicentenario también fue un mensaje hacia el periodismo y que obliga a pensar los tipos de legitimidades que hasta ahora se habían manejado. A las mediciones de la patria encuestadora, a las de la patria mediática, se suma ahora ese silencioso y no demasiado homogéneo consenso que dijo presente sin demasiadas estridencias pero que cambió el mapa político nacional).
El Día del Periodista también encontrará a un gremio sumido en la pauperización laboral –el diario Crítica hace ya un mes que no sale a la calle porque la firma discontinuó el pago de los salarios de los trabajadores- y que también pone en cuestión la relación entre la entidad moral de las empresas y los discursos periodísticos que elaboran. Porque la libertad de prensa se defiende no sólo con editoriales bonitas sino también con las garantía de que los periodistas podamos realizar nuestros trabajos en un marco de dignidad.
Justamente, hacia ese marco de dignidad apunta la iniciativa del legislador Héctor Recalde de reglamentar la garantía constitucional prevista en el artículo 14 bis de la Constitución Nacional que consiste en la participación del sector laboral en las ganancias de las empresas.
(Digresión 2: Recientemente voceros de la UIA recomendaron a Recalde que se vaya a vivir a Cuba. Pero más allá de la oportunidad o no de abrir un frente de conflicto entre el gobierno y el sector productivo de la economía, convendría recordar que el artículo 14 bis es apenas un injerto que la reforma de 1957 –realizada bajo la dictadura de Pedro Aramburu y con una asamblea en la que no habían participado ni el peronismo proscripto ni la UCRI, que se retiró de las sesiones- es decir, muy alejada de lo que podría considerarse una Constitución de corte socialista).
Por estas razones es que el Bicentenario de la Gazeta nos obliga a reflexionar sobre la situación del periodismo. Quizás para salir de la confusión, del ahogo, de la vanidad autorreferencial, de ciertas prácticas hipócritas, sería bueno que los periodistas abandonáramos la ficción de la objetividad y la independencia para abrazar esa vieja tradición criolla de los escritores públicos. Después de todo, es la escuela chusca, es cierto, pero honesta hasta la brutalidad, que cultivaron Moreno, José Hernández, Roberto Arlt y Rodolfo Walsh, entre tantos otros. Quizás sea un buen momento para reescribir el presente recuperando algunos guiños del oficio que nos llegan de nuestro pasado.
sábado, 5 de junio de 2010
Santa Maradona II
Hernán Brienza - Columna radial, Septiembre de 2009.
Hace mucho tiempo que no veo jugar tan mal al equipo de Argentina.
Me animaría a decir que no juega tan mal desde que Garré y Giusti lograban desgañitarme a puteadas limpias allá en pleno 1985, cuando la Argentina tenía su primaverita y yo merendaba a la vuelta del colegio con leche chocolatada y las galletitas panchitas sueltas que mi vieja compraba en una galletitería de esas que ya no existen.
O sea, no veo jugar tan mal a la selección desde que la veía en blanco y negro, porque la tele color llegó a mi casa para el mundial 86.
Argentina no juega a nada. No tiene conductor, le falta un diez -y a mí no me jodan, me estaré poniendo viejo, pero al fútbol se juega con 10-, la defensa no para ni a un burro muerto, Schiavi juega de 9 y Messi, que es el mejor jugador, no la ve ni cuadrada, Mascherano tiene empastadas las bujías del motor y Gago se olvidó de que la cosa redonda esa de cuero hay que pasársela a una persona que tenga la camiseta del mismo color que él y no a los de camiseta distinta.
La selección argentina parece la armada brancaleone, una manga de improvisados, que se juntaron para comer un asadito y después juegan con los empleados casados frente al equipo de los solteros.
Es cierto. Todo eso es cierto. Lamentablemente cierto. Desgraciadamente cierto.
Pero a mí me van a perdonar. Hoy no me voy a sumar al coro de detractores que realizan el escarnio público contra Diego Maradona.
Ya sé, ya sé. Maradona, posiblemente, no tenga altura para ser el DT de la selección. Ya sé, ya sé, Maradona es improvisado, y un patotero, y no hizo autocrítica y ayer maltrató a los periodistas y se puso en lugar de víctima y perseguido y en vez de hablar de fútbol, salió a atacar a quienes lo criticaban. Y dijo esa serie de cosas que se dicen en el barrio: que yo me la banco, que tengo aguante, que voy a dar hasta la última gota, que esto, que aquello.
O sea, dijo todo aquello que jamás diría un entrenador políticamente correcto, prolijo, ubicado.
Yo lo banqué desde el primer momento a Diego. Porque me parecía que si Diego llegaba, la vida todavía podía tener un poco de magia. Y cuando digo Magia, me refiero a que un tipo que viene bien de abajo, puede llegar a la cima del mundo. Y que puede desbarrancarse y pasearse por los infiernos. Y puede salir... y si salía campeón... si salía campeón todo era posible en esta vida grisecita de oficinistas que tenemos todos. Si Diego salía campeón el año que viene, cualquiera de nosotros podía levantarse a la piba linda del aula, cualquiera de nosotros podía conseguir ese trabajo con el que soñamos, y nuestros hijos podrían ser mejores que nosotros. Si Diego salía campeón, los gordos podían adelgazar, los faloperos podían dejarla un rato, los laburantes podían levantar cabeza frente al patrón y los suicidados podían dar un paso atrás frente a la cornisa esperando el milagro.
Ya sé, ya sé. Casi no estoy hablando de fútbol. Ya sé, ya sé, soy un sentimental. Un romántico del siglo XIX.
Pero ayer escuchaba los comentarios de los detractores de Diego y me daban un poco de asco: ¿Qué podés esperar de ese gordo drogadicto? ¿qué podés esperar de ese soberbio ignorante? ¿Y ahora qué va a hacer el pueblo peronista sin pan y circo?
¿Qué quieren que le diga? Diego será lo que sea. Pero quienes lo critican me dan un poco de asco. Bah, me dan demasiado asco.
Cuando lo eligieron a Diego como DT yo festejé. Lo dije públicamente. Ahora, que se vino la maroma. Que caen piedras de todos lados, yo lo salgo a bancar de nuevo. Después de todo, Diego me dio la mayor alegría que viví con la celeste y blanca. Y yo no me olvido. Tengo esa mala costumbre de no olvidarme de los amigos cuando están en la malas.
Posiblemente, perdamos con Perú y con Uruguay. Posiblemente, no vayamos al mundial de Sudáfrica. Pero, bueno, no es la muerte de nadie. O al menos no es la muerte de ninguno de nosotros. Sin embargo, puede ser el golpe más duro en la vida de Maradona. Yo no soy un come ídolos. A mí me gustan esos héroes literarios que son admirados por los pueblos. No soy de esos que no soportan la genialidad de los otros y necesitan verlos destrozados para ser un poquito menos mediocres ellos mismos.
Yo sé que es muy difícil. Yo sé que podemos quedarnos afuera. Pero yo tengo una última esperanza. Que ganemos contra Perú en el último minuto con un “cabezazo salvador de Pasarella”. Que Diego festeje la clasificación con los brazos en alto. Que vayamos al Mundial de “punto” y que volvamos de “banca”. Que vuelvan las panchitas con chocolatada, que las pibas lindas nos den bola a los destartalados. Y que se callen un poquito los que se alegran con la tristeza de los pueblos.
Hace mucho tiempo que no veo jugar tan mal al equipo de Argentina.
Me animaría a decir que no juega tan mal desde que Garré y Giusti lograban desgañitarme a puteadas limpias allá en pleno 1985, cuando la Argentina tenía su primaverita y yo merendaba a la vuelta del colegio con leche chocolatada y las galletitas panchitas sueltas que mi vieja compraba en una galletitería de esas que ya no existen.
O sea, no veo jugar tan mal a la selección desde que la veía en blanco y negro, porque la tele color llegó a mi casa para el mundial 86.
Argentina no juega a nada. No tiene conductor, le falta un diez -y a mí no me jodan, me estaré poniendo viejo, pero al fútbol se juega con 10-, la defensa no para ni a un burro muerto, Schiavi juega de 9 y Messi, que es el mejor jugador, no la ve ni cuadrada, Mascherano tiene empastadas las bujías del motor y Gago se olvidó de que la cosa redonda esa de cuero hay que pasársela a una persona que tenga la camiseta del mismo color que él y no a los de camiseta distinta.
La selección argentina parece la armada brancaleone, una manga de improvisados, que se juntaron para comer un asadito y después juegan con los empleados casados frente al equipo de los solteros.
Es cierto. Todo eso es cierto. Lamentablemente cierto. Desgraciadamente cierto.
Pero a mí me van a perdonar. Hoy no me voy a sumar al coro de detractores que realizan el escarnio público contra Diego Maradona.
Ya sé, ya sé. Maradona, posiblemente, no tenga altura para ser el DT de la selección. Ya sé, ya sé, Maradona es improvisado, y un patotero, y no hizo autocrítica y ayer maltrató a los periodistas y se puso en lugar de víctima y perseguido y en vez de hablar de fútbol, salió a atacar a quienes lo criticaban. Y dijo esa serie de cosas que se dicen en el barrio: que yo me la banco, que tengo aguante, que voy a dar hasta la última gota, que esto, que aquello.
O sea, dijo todo aquello que jamás diría un entrenador políticamente correcto, prolijo, ubicado.
Yo lo banqué desde el primer momento a Diego. Porque me parecía que si Diego llegaba, la vida todavía podía tener un poco de magia. Y cuando digo Magia, me refiero a que un tipo que viene bien de abajo, puede llegar a la cima del mundo. Y que puede desbarrancarse y pasearse por los infiernos. Y puede salir... y si salía campeón... si salía campeón todo era posible en esta vida grisecita de oficinistas que tenemos todos. Si Diego salía campeón el año que viene, cualquiera de nosotros podía levantarse a la piba linda del aula, cualquiera de nosotros podía conseguir ese trabajo con el que soñamos, y nuestros hijos podrían ser mejores que nosotros. Si Diego salía campeón, los gordos podían adelgazar, los faloperos podían dejarla un rato, los laburantes podían levantar cabeza frente al patrón y los suicidados podían dar un paso atrás frente a la cornisa esperando el milagro.
Ya sé, ya sé. Casi no estoy hablando de fútbol. Ya sé, ya sé, soy un sentimental. Un romántico del siglo XIX.
Pero ayer escuchaba los comentarios de los detractores de Diego y me daban un poco de asco: ¿Qué podés esperar de ese gordo drogadicto? ¿qué podés esperar de ese soberbio ignorante? ¿Y ahora qué va a hacer el pueblo peronista sin pan y circo?
¿Qué quieren que le diga? Diego será lo que sea. Pero quienes lo critican me dan un poco de asco. Bah, me dan demasiado asco.
Cuando lo eligieron a Diego como DT yo festejé. Lo dije públicamente. Ahora, que se vino la maroma. Que caen piedras de todos lados, yo lo salgo a bancar de nuevo. Después de todo, Diego me dio la mayor alegría que viví con la celeste y blanca. Y yo no me olvido. Tengo esa mala costumbre de no olvidarme de los amigos cuando están en la malas.
Posiblemente, perdamos con Perú y con Uruguay. Posiblemente, no vayamos al mundial de Sudáfrica. Pero, bueno, no es la muerte de nadie. O al menos no es la muerte de ninguno de nosotros. Sin embargo, puede ser el golpe más duro en la vida de Maradona. Yo no soy un come ídolos. A mí me gustan esos héroes literarios que son admirados por los pueblos. No soy de esos que no soportan la genialidad de los otros y necesitan verlos destrozados para ser un poquito menos mediocres ellos mismos.
Yo sé que es muy difícil. Yo sé que podemos quedarnos afuera. Pero yo tengo una última esperanza. Que ganemos contra Perú en el último minuto con un “cabezazo salvador de Pasarella”. Que Diego festeje la clasificación con los brazos en alto. Que vayamos al Mundial de “punto” y que volvamos de “banca”. Que vuelvan las panchitas con chocolatada, que las pibas lindas nos den bola a los destartalados. Y que se callen un poquito los que se alegran con la tristeza de los pueblos.
Santa Maradona I
Hernán Brienza - Publicada en Crítica 3 de noviembre de 2008.
Soy hincha de River Plate. Fanático. Enfermizo. Mis compañeros del diario pueden dar fe de ello. Pero hoy quiero tener un gesto homérico y celebrar al héroe enemigo, al Héctor de la pelota sin mancha, a Diego Maradona, al nuevo técnico de la Selección argentina de fútbol. Es posible que, como dicen los malagoreros, el equipo celeste y blanco no llegue ni siquiera a clasificarse para el Mundial 2010 y nos quedemos afuera de la Copa –la lógica racional de la economía sugiere lo contrario, que será imposible un Mundial sin la atracción Maradona–; también es posible que –como el ochenta por ciento de los argentinos opina– la llegada “del Diego” a la Selección embarre la cancha y convierta al equipo en ese “cabaret” al que son tan afectos los jugadores de Boca. Pero quiero abrir una esperanza.
Ya sé, ya vendrán los neoinstitucionalistas a refregarme su canto de que “este país no tiene sentido, está perdido”, que “ni en el fútbol podemos respetar las vías institucionales de sufragio de un director técnico”, que “allí están instalados la demagogia y el populismo tan característicos de este país”, como dicen en alusión a las caídas, los fracasos, los caprichos, la falta de experiencia como entrenador de Maradona.
Ayer, recorrí el diario haciendo una encuesta entre los periodistas y apenas una dotación similar a la de los sobrevivientes de Lost apoyaba la causa maradoniana. Reconocíamos la racionalidad del planteo de los neoinstitucionalistas nacidos entre gallos y medianoches, sospechábamos con tibio rubor que podía ser que estuviéramos equivocados por creer.
Después de todo, para mí, por ejemplo, Maradona no es otra cosa que el recuerdo de un domingo soleado de junio en que mi abuela un tiempito antes de morir dijo bajito entre los gritos y los abrazos de toda mi familia y amigos: “¿Parece que ese chico hizo un gol lindo, no, nene?” y la apretujé toda antes de que profetizara con ternura: “Con este chico tenemos que salir campeones ¿no, nene?”. Para mí, que después de todo, Maradona es el recuerdo de “aquella negra noche” del fútbol argentino –blasfemo a Jorge Luis Borges y su sargento Cruz de Nuestro pobre individualismo– en que lo vimos salir boleado de un departamento de Caballito. O esa construcción teórico conceptual de Osvaldo Soriano que alguna vez dijo que “es la patria en pantalones cortos, botines y camiseta” (admito que no sé si lo dijo así, pero me gusta recordarla así). Y esa tristeza profunda de haberlo visto con las piernas cortadas llorando pero sin pedir limosna.
Es cierto, también lo he visto siendo peronista, menemista, castrista, enemigo de Julio Grondona, amigo de Julio Grondona, pero siempre apasionado, corajudo, sin pelos en la lengua. Demasiado irreverente para un país de gente poco acostumbrada a hacerse cargo de las cosas. Demasiado cínico para un país de hipócritas. Demasiado sobresaliente para un país de vanidosos y mediocres. Y demasiado díscolo. Bocón, en un país de silenciosos gritones, drogón, en un país de represores, gordo, en un tiempo de “secas, austeras soviéticas, muchachitas fatales”. Indócil, en una sociedad que aplaude rabiosa cuando se derrumban sus ídolos, porque no soporta que el talentoso le tire en la cara su propia mediocridad.
Claro, es cierto, hoy el fútbol es táctica, estrategia, sacrificio, trabajo, práctica, disciplina. Para Maradona, y para el que escribe estas líneas, jugar a la pelota es hacer literatura. Es una combinación de tácticas, amagues, sueños y quimeras. Un quijotismo, un bovarismo. Es construir un relato que no puede guionarse ni ficcionalizarse (por esa razón, los relatos futbolísticos muy pocas veces son efectivos, Martín Caparrós dixit) en el que se filtra algo de esa magia que viene de épocas en que el mundo era menos desencantado –la cita obligada es de Max Weber– y mecánico. Me dirán que, además de demagogo, ahora devine oscurantista. Pero el fútbol es un juego no un trabajo. Es un arquetipo de la guerra y no la guerra. Es un espejismo de la gloria y no la gloria.
Imagínense esta escena: Sergio Batista levanta la Copa en 2010. Está bien. Argentina Campeón, salimos todos al Obelisco a festejar. Imagínense esta otra: el que levanta la copa es Maradona. Es el rescate del héroe en el imaginario popular. El que estuvo allí, el que cayó y volvió a subir. Es Perceval que vuelve con el Santo Grial en la mano. Es uno de los nuestros que pudo volver a zafar. El que se fue de la barra de la esquina y pudo triunfar. Eso es magia. Y veneno.
Soy hincha de River Plate. Fanático. Enfermizo. Mis compañeros del diario pueden dar fe de ello. Pero hoy quiero tener un gesto homérico y celebrar al héroe enemigo, al Héctor de la pelota sin mancha, a Diego Maradona, al nuevo técnico de la Selección argentina de fútbol. Es posible que, como dicen los malagoreros, el equipo celeste y blanco no llegue ni siquiera a clasificarse para el Mundial 2010 y nos quedemos afuera de la Copa –la lógica racional de la economía sugiere lo contrario, que será imposible un Mundial sin la atracción Maradona–; también es posible que –como el ochenta por ciento de los argentinos opina– la llegada “del Diego” a la Selección embarre la cancha y convierta al equipo en ese “cabaret” al que son tan afectos los jugadores de Boca. Pero quiero abrir una esperanza.
Ya sé, ya vendrán los neoinstitucionalistas a refregarme su canto de que “este país no tiene sentido, está perdido”, que “ni en el fútbol podemos respetar las vías institucionales de sufragio de un director técnico”, que “allí están instalados la demagogia y el populismo tan característicos de este país”, como dicen en alusión a las caídas, los fracasos, los caprichos, la falta de experiencia como entrenador de Maradona.
Ayer, recorrí el diario haciendo una encuesta entre los periodistas y apenas una dotación similar a la de los sobrevivientes de Lost apoyaba la causa maradoniana. Reconocíamos la racionalidad del planteo de los neoinstitucionalistas nacidos entre gallos y medianoches, sospechábamos con tibio rubor que podía ser que estuviéramos equivocados por creer.
Después de todo, para mí, por ejemplo, Maradona no es otra cosa que el recuerdo de un domingo soleado de junio en que mi abuela un tiempito antes de morir dijo bajito entre los gritos y los abrazos de toda mi familia y amigos: “¿Parece que ese chico hizo un gol lindo, no, nene?” y la apretujé toda antes de que profetizara con ternura: “Con este chico tenemos que salir campeones ¿no, nene?”. Para mí, que después de todo, Maradona es el recuerdo de “aquella negra noche” del fútbol argentino –blasfemo a Jorge Luis Borges y su sargento Cruz de Nuestro pobre individualismo– en que lo vimos salir boleado de un departamento de Caballito. O esa construcción teórico conceptual de Osvaldo Soriano que alguna vez dijo que “es la patria en pantalones cortos, botines y camiseta” (admito que no sé si lo dijo así, pero me gusta recordarla así). Y esa tristeza profunda de haberlo visto con las piernas cortadas llorando pero sin pedir limosna.
Es cierto, también lo he visto siendo peronista, menemista, castrista, enemigo de Julio Grondona, amigo de Julio Grondona, pero siempre apasionado, corajudo, sin pelos en la lengua. Demasiado irreverente para un país de gente poco acostumbrada a hacerse cargo de las cosas. Demasiado cínico para un país de hipócritas. Demasiado sobresaliente para un país de vanidosos y mediocres. Y demasiado díscolo. Bocón, en un país de silenciosos gritones, drogón, en un país de represores, gordo, en un tiempo de “secas, austeras soviéticas, muchachitas fatales”. Indócil, en una sociedad que aplaude rabiosa cuando se derrumban sus ídolos, porque no soporta que el talentoso le tire en la cara su propia mediocridad.
Claro, es cierto, hoy el fútbol es táctica, estrategia, sacrificio, trabajo, práctica, disciplina. Para Maradona, y para el que escribe estas líneas, jugar a la pelota es hacer literatura. Es una combinación de tácticas, amagues, sueños y quimeras. Un quijotismo, un bovarismo. Es construir un relato que no puede guionarse ni ficcionalizarse (por esa razón, los relatos futbolísticos muy pocas veces son efectivos, Martín Caparrós dixit) en el que se filtra algo de esa magia que viene de épocas en que el mundo era menos desencantado –la cita obligada es de Max Weber– y mecánico. Me dirán que, además de demagogo, ahora devine oscurantista. Pero el fútbol es un juego no un trabajo. Es un arquetipo de la guerra y no la guerra. Es un espejismo de la gloria y no la gloria.
Imagínense esta escena: Sergio Batista levanta la Copa en 2010. Está bien. Argentina Campeón, salimos todos al Obelisco a festejar. Imagínense esta otra: el que levanta la copa es Maradona. Es el rescate del héroe en el imaginario popular. El que estuvo allí, el que cayó y volvió a subir. Es Perceval que vuelve con el Santo Grial en la mano. Es uno de los nuestros que pudo volver a zafar. El que se fue de la barra de la esquina y pudo triunfar. Eso es magia. Y veneno.
domingo, 30 de mayo de 2010
La derecha colonizada - Editorial del Domingo 30 de mayo en Tiempo Argentino.
Hernán Brienza
Javier León, politólogo y amigo, escribió en Facebook esta semana con un dejo de ironía: “El lunes se festejaron el Primer Centenario y el Bicentenario al mismo tiempo. Los separaban las vallas, una par de camiones hidrantes, doscientos metros y dos millones de personas”. La frase, divertida, ingeniosa, despierta una sonrisa pero también convoca a la síntesis, al poder de la imagen. Porque la celebración de la reapertura del Teatro Colón –una joya que los argentinos debemos cuidar porque es un ámbito de excelencia artística internacional- ofreció una colección de postales que habría que desmenuzar para pensar, reflexionar y analizar con cuidado. Pero si hay un primer sabor que asoma a la boca cuando se observan esas escenas es el gusto a moho, a pan viejo, a cenizas en la boca. Porque resulta curioso que la “derecha” que se presentó en el 2007 como “lo nuevo” y lo “transformador” no haya podido ofrecer a los argentinos más que destellos de un pasado con fecha de vencimiento: Fernando de la Rúa, el vicepresidente Julio Cobos, Mauricio Macri, Ricardo Fort, Susana Giménez, Mirtha Legrand y Valeria Mazza se amalgamaban en un pastiche –palabra usada como un talismán por Orlando Barone- que recordaba a los años noventa.
Desde la caída del muro de Berlín a esta parte, los intelectuales que representan los acumuladores de riqueza –parafraseando a Alejandro Kaufman- del mundo han logrado convencer a los pensadores de izquierda que debían aggiornar su teoría y praxis a los nuevos tiempos. Desde Eric Hobsbaum, a Toni Negri, del subcomandante Marcos a Evo Morales, desde el democratismo al neokeynesianismo, los sectores progresistas, nacionales, populares han logrado reconvertirse. Y paradójicamente, lo que se conoce como la “derecha” neoliberal ha quedado apresado en su propia supuesta victoria.
En el plano local ha sucedido lo mismo. El encierro en el Colón es una buena metáfora de esa situación: Hoy la derecha posicional (no la ideológica, si no la que ocupa el espacio conservador en el sistema político argentino) parece tener poco que aportar: su discurso utiliza argumentos de centro izquierda como la pobreza (vía excusa de la inflación) y la distribución de la riqueza, no sabe cómo enfrentar el tema del aborto y el matrimonio gay sin defraudar a su propia clientela, no tiene como caballitos de batalla el déficit fiscal ni el gasto público –entre otras cosas porque la Argentina crece a ritmo sostenido desde 2003 y con un superávit continuado nunca antes registrado en su historia-, y los discursos del ajuste permanente se han convertido en anodinos para la mayoría de los argentinos. Sólo le queda como único recurso apelar al siempre efectivo reclamo de seguridad, que sirve al mismo tiempo como refuerzo puertas adentro de los sectores tradicionalmente ligados al discurso del orden como las policías y las fuerzas represivas y como discurso catalizador de desprecio y disciplinamiento a los sectores populares. Lo peor es que la derecha parece haberse quedado sin un conjunto de valores y principios para seducir al electorado. Sus palabras suenan avejentadas.
Pero hay más, en su proceso de “modernización” la derecha argentina tiene todavía una deuda pendiente. En una conferencia en la ciudad Konex en la que compartimos mesa, Kaufman analizó con lucidez la encrucijada. El intelectual le reclamó a esos sectores que hagan público su compromiso con los Derechos Humanos y exigió que si se hace efectiva esa declaración, entonces, deberían renunciar a nombrar funcionarios como, por ejemplo, Abel Posse. O –esto corre por cuenta del autor de esta nota- dejar de aplaudir las acrobacias discursivas de Eduardo Duhalde respecto de la última dictadura militar. Podrían daclarar, además, si de una vez por todas esos sectores van a renunciar a su costumbre de quebrar el juego institucional –como en los golpes de Estado del siglo XX- y desestabilizar gobiernos cuando le es imposible recuperar el poder por vías democráticas.
A los problemas generales de la derecha, se le suman las cuestiones coyunturales como la falta de liderazgo. Mientras que un hábil tiempista mediático como Francisco de Narváez aún no puede resolver la situación de habilitación para ser candidato presidencial, la promesa blanca de la derecha vernácula, el actual jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, se empantana entre los pocos resultados de su inocua gestión –casi nulos en política educacional, en seguridad, en transportes, en cultura y en obras públicas- su procesamiento judicial por el escándalo de las escuchas telefónicas y porque su imagen no despega cuantitativamente en las encuestas en vista al 2011 ni cualitativamente en la percepción de muchos argentinos que perdonan cualquier cosa en un político menos la actitud de “niñato rico que hace puchero porque le roban la pelota y no lo dejan jugar”. Por otro lado, Cobos empieza a pagar su indefinición política y nunca termina de clarificar en qué sector del espectro se ubica porque aún no explicitó más que un tibio llamado a construir un consenso vacuo mientras se dedica a plantar la semilla de la discordia en el gobierno al cual ni pertenece ni deja de pertenecer.
Sin candidato indiscutible, sin un discurso renovador y sorprendente, sin un político capaz de demostrar una gestión eficiente y efectiva, al menos, confundida, obligada a esconder, edulcorar o matizar sus propias ideas, la “derecha” se encuentra encerrada en su propio laberinto, un laberinto que puede ser lujoso como el Colón pero del cual no parece poder encontrar la puerta de salida. Esto podría resultar una nueva oportunidad para los sectores progresistas, es cierto, pero si uno rememora ciertas tradiciones de los acumuladores de riqueza en la Argentina, tal vez comprenda, que no se trata exactamente de una buena nueva.
Javier León, politólogo y amigo, escribió en Facebook esta semana con un dejo de ironía: “El lunes se festejaron el Primer Centenario y el Bicentenario al mismo tiempo. Los separaban las vallas, una par de camiones hidrantes, doscientos metros y dos millones de personas”. La frase, divertida, ingeniosa, despierta una sonrisa pero también convoca a la síntesis, al poder de la imagen. Porque la celebración de la reapertura del Teatro Colón –una joya que los argentinos debemos cuidar porque es un ámbito de excelencia artística internacional- ofreció una colección de postales que habría que desmenuzar para pensar, reflexionar y analizar con cuidado. Pero si hay un primer sabor que asoma a la boca cuando se observan esas escenas es el gusto a moho, a pan viejo, a cenizas en la boca. Porque resulta curioso que la “derecha” que se presentó en el 2007 como “lo nuevo” y lo “transformador” no haya podido ofrecer a los argentinos más que destellos de un pasado con fecha de vencimiento: Fernando de la Rúa, el vicepresidente Julio Cobos, Mauricio Macri, Ricardo Fort, Susana Giménez, Mirtha Legrand y Valeria Mazza se amalgamaban en un pastiche –palabra usada como un talismán por Orlando Barone- que recordaba a los años noventa.
Desde la caída del muro de Berlín a esta parte, los intelectuales que representan los acumuladores de riqueza –parafraseando a Alejandro Kaufman- del mundo han logrado convencer a los pensadores de izquierda que debían aggiornar su teoría y praxis a los nuevos tiempos. Desde Eric Hobsbaum, a Toni Negri, del subcomandante Marcos a Evo Morales, desde el democratismo al neokeynesianismo, los sectores progresistas, nacionales, populares han logrado reconvertirse. Y paradójicamente, lo que se conoce como la “derecha” neoliberal ha quedado apresado en su propia supuesta victoria.
En el plano local ha sucedido lo mismo. El encierro en el Colón es una buena metáfora de esa situación: Hoy la derecha posicional (no la ideológica, si no la que ocupa el espacio conservador en el sistema político argentino) parece tener poco que aportar: su discurso utiliza argumentos de centro izquierda como la pobreza (vía excusa de la inflación) y la distribución de la riqueza, no sabe cómo enfrentar el tema del aborto y el matrimonio gay sin defraudar a su propia clientela, no tiene como caballitos de batalla el déficit fiscal ni el gasto público –entre otras cosas porque la Argentina crece a ritmo sostenido desde 2003 y con un superávit continuado nunca antes registrado en su historia-, y los discursos del ajuste permanente se han convertido en anodinos para la mayoría de los argentinos. Sólo le queda como único recurso apelar al siempre efectivo reclamo de seguridad, que sirve al mismo tiempo como refuerzo puertas adentro de los sectores tradicionalmente ligados al discurso del orden como las policías y las fuerzas represivas y como discurso catalizador de desprecio y disciplinamiento a los sectores populares. Lo peor es que la derecha parece haberse quedado sin un conjunto de valores y principios para seducir al electorado. Sus palabras suenan avejentadas.
Pero hay más, en su proceso de “modernización” la derecha argentina tiene todavía una deuda pendiente. En una conferencia en la ciudad Konex en la que compartimos mesa, Kaufman analizó con lucidez la encrucijada. El intelectual le reclamó a esos sectores que hagan público su compromiso con los Derechos Humanos y exigió que si se hace efectiva esa declaración, entonces, deberían renunciar a nombrar funcionarios como, por ejemplo, Abel Posse. O –esto corre por cuenta del autor de esta nota- dejar de aplaudir las acrobacias discursivas de Eduardo Duhalde respecto de la última dictadura militar. Podrían daclarar, además, si de una vez por todas esos sectores van a renunciar a su costumbre de quebrar el juego institucional –como en los golpes de Estado del siglo XX- y desestabilizar gobiernos cuando le es imposible recuperar el poder por vías democráticas.
A los problemas generales de la derecha, se le suman las cuestiones coyunturales como la falta de liderazgo. Mientras que un hábil tiempista mediático como Francisco de Narváez aún no puede resolver la situación de habilitación para ser candidato presidencial, la promesa blanca de la derecha vernácula, el actual jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, se empantana entre los pocos resultados de su inocua gestión –casi nulos en política educacional, en seguridad, en transportes, en cultura y en obras públicas- su procesamiento judicial por el escándalo de las escuchas telefónicas y porque su imagen no despega cuantitativamente en las encuestas en vista al 2011 ni cualitativamente en la percepción de muchos argentinos que perdonan cualquier cosa en un político menos la actitud de “niñato rico que hace puchero porque le roban la pelota y no lo dejan jugar”. Por otro lado, Cobos empieza a pagar su indefinición política y nunca termina de clarificar en qué sector del espectro se ubica porque aún no explicitó más que un tibio llamado a construir un consenso vacuo mientras se dedica a plantar la semilla de la discordia en el gobierno al cual ni pertenece ni deja de pertenecer.
Sin candidato indiscutible, sin un discurso renovador y sorprendente, sin un político capaz de demostrar una gestión eficiente y efectiva, al menos, confundida, obligada a esconder, edulcorar o matizar sus propias ideas, la “derecha” se encuentra encerrada en su propio laberinto, un laberinto que puede ser lujoso como el Colón pero del cual no parece poder encontrar la puerta de salida. Esto podría resultar una nueva oportunidad para los sectores progresistas, es cierto, pero si uno rememora ciertas tradiciones de los acumuladores de riqueza en la Argentina, tal vez comprenda, que no se trata exactamente de una buena nueva.
lunes, 24 de mayo de 2010
Canción a la Patria - 25 de mayo de 2010
Hernán Brienza
Hubo una fragilidad pocas veces vista en un presidente argentino. Por primera vez en mucho tiempo –habría que remontarse, tal vez, a María Estela Martínez al anunciar la muerte de Juan Domingo Perón o a cuando el propio General se atragantaba en lágrimas ante el desfile del cortejo fúnebre de Evita-, un presidente se emocionó hasta el llanto por un acontecimiento político o histórico. Sucedió el viernes en la apertura de los festejos del Bicentenario y fue justamente Cristina Kirchner, a quienes muchos acusan de gelidez e insensibilidad, quien quebró su voz cuando agradeció que le tocara ser la “presidenta del Bicentenario”. Es posible que no sea un gesto demasiado relevante para una columna política de los domingos, es cierto. Pero dice mucho de la trascendencia que la presidenta le otorga a su rol histórico en esta estas celebraciones.
Durante la semana, Tiempo Argentino publicó una nota en tapa sobre las banderas en los balcones y en los coches. La crónica daba cuenta de que los porteños habían decidido retacearle el celeste y blanco a su ciudad en una fecha fundamental de su propia vida histórica: el Bicentenario del día en que un grupito de vecinos soñó con que una “nueva y gloriosa nación país se levante a la faz de la de la Tierra”. Curiosamente, los “vecinos” de Buenos Aires no se celebraban a sí mismos en la construcción de ese país.
Durante doscientos años los argentinos nos hemos amado y odiado, nos hemos despreciado, amigado y vuelto a pelear. Durante dos siglos nos hemos robado, nos hemos explotado, hemos sido generosos, compañeros, correligionarios, chupandinos y pandilleros, hemos dado la vida por la patria, por la Santa Confederación, hemos alumbrado hijos, padres, abuelos, hemos enterrado a los nuestros, nos hemos exiliado, escondido, fusilado, engañado. Morimos por Mitre, por Alem o por Perón. Quisimos que la revolución fuera un sueño eterno, fuimos brutales a la hora de cegar y silenciar los sueños de los demás. Estaqueamos, encepamos, picaneamos. Nos hicimos los distraídos. Usufructuamos beneficios de planes económicos que hundieron al país, hundimos al país, lo levantamos a “prepotencia de trabajo”, “fuimos lo que debimos ser y no fuimos nada”. Fuimos derechos y humanos, civilizados y bárbaros, y claro, aterradoramente bárbaros cuando creíamos ser civilizados. Como casi todas las naciones del mundo hemos sido el cielo y el infierno.
Pero quizás hay dos características que sobresalen en este canto a la argentinidad al palo que significa esta columna. Dos características culturales que nos han marcado durante años, sobre todo a esta ciudad que hoy no se embandera como debería hacerlo. Arturo Jauretche habló ya de la “tilinguería” asumida por los sectores dirigentes y medios de la sociedad argentina. El tilingo es aquel que vive su existencia como si fuera algo que no es, es quien no defiende su identidad, quien defiende los intereses de aquello que no es, para semejarse a lo que aspira ser.
El autor de El Medio Pelo se quedó corto. La principal característica de los sectores dirigentes argentinos –empresarios, comunicadores, políticos, militares y ruralistas, entre otros- es lo que los mexicanos conocen como “malinchismo”. Término que deriva de la india Malinche que traicionó a los suyos acostándose con el conquistador Hernán Cortés, describe la conducta de deshonrar, desacreditar, hablar mal de lo propio admirando desmedidamente lo extranjero. Desde Bernardino Rivadavia a Domingo Cavallo los argentinos hemos aplicado muchas veces políticas económicas “malinchistas”; la ausencia de una verdadera burguesía nacional habla de nuestro “malinchismo”; desde el Facundo, de Sarmiento, a El atroz encanto de ser argentino, de Marcos Aguinis, nuestros intelectuales han sido “malinchistas”.
Incluso hablar de nuestro “malinchismo”, como hago en esta nota, es un acto “malinchista”.
Nuestra otra característica bicentenaria es el desprecio por los sectores populares. Por los indios, por los pobres, por los negros. Mientras los pueblos originarios realizaban su histórica marcha por Buenos Aires, los principales medios de comunicación “zocaleaban”: “caos de tránsito en la ciudad”. Es decir, los manifestantes eran invisibles como lo fueron durante siglos. Pero no sólo los habitantes de los pueblos originarios son invisibilizados. Más del 50 por ciento de la población argentina es mestiza y la mayoría de ese sector es pobre. Demasiada coincidencia para un país que se denomina a sí mismo “un crisol de razas”. Los argentinos tenemos el peor tipo de racismo: el racismo solapado, aquel que no se ve, que es apenas perceptible, pero se sufre. Sólo el peronismo interpeló a esos “cabecitas negras” y por eso obtuvo su fidelidad identitaria. Y el racismo argentino es consecuencia, sin duda, de nuestro “malinchismo”.
Por eso sorprendieron las lágrimas de la presidenta. Porque la humanización del acto del Bicentenario -en un gesto salido de libreto- nos recuerda que la Patria –“que hacemos entre todos y todos los días”, como dijo ella- es un desborde sentimental. Porque en esa emoción se coló la idea de que esta Patria mal entrazada somos todos: el chango de Iruya, la maestra mendocina, el oficinista entrerriano, el canillita porteño que hoy le tiró este diario debajo de la puerta, la piba que vende los chipá en el tren, el esquilador patagónico, el granadero que custodia los restos de San Martín, nuestros abuelos, las novias y novios que tuvimos, el profesor que nos hizo mejores, los amigos y, claro, usted, que lee estas líneas y yo que acabo de escribirlas. En cada cosa que decimos y hacemos individualmente se nos cuela un rincón de Patria. Porque todos somos un poco ella. Allí reside el secreto. No vivimos en “este país de mierda” como turistas rezongones. Todos somos parte de esta Patria dulzona y maltratada.
Hubo una fragilidad pocas veces vista en un presidente argentino. Por primera vez en mucho tiempo –habría que remontarse, tal vez, a María Estela Martínez al anunciar la muerte de Juan Domingo Perón o a cuando el propio General se atragantaba en lágrimas ante el desfile del cortejo fúnebre de Evita-, un presidente se emocionó hasta el llanto por un acontecimiento político o histórico. Sucedió el viernes en la apertura de los festejos del Bicentenario y fue justamente Cristina Kirchner, a quienes muchos acusan de gelidez e insensibilidad, quien quebró su voz cuando agradeció que le tocara ser la “presidenta del Bicentenario”. Es posible que no sea un gesto demasiado relevante para una columna política de los domingos, es cierto. Pero dice mucho de la trascendencia que la presidenta le otorga a su rol histórico en esta estas celebraciones.
Durante la semana, Tiempo Argentino publicó una nota en tapa sobre las banderas en los balcones y en los coches. La crónica daba cuenta de que los porteños habían decidido retacearle el celeste y blanco a su ciudad en una fecha fundamental de su propia vida histórica: el Bicentenario del día en que un grupito de vecinos soñó con que una “nueva y gloriosa nación país se levante a la faz de la de la Tierra”. Curiosamente, los “vecinos” de Buenos Aires no se celebraban a sí mismos en la construcción de ese país.
Durante doscientos años los argentinos nos hemos amado y odiado, nos hemos despreciado, amigado y vuelto a pelear. Durante dos siglos nos hemos robado, nos hemos explotado, hemos sido generosos, compañeros, correligionarios, chupandinos y pandilleros, hemos dado la vida por la patria, por la Santa Confederación, hemos alumbrado hijos, padres, abuelos, hemos enterrado a los nuestros, nos hemos exiliado, escondido, fusilado, engañado. Morimos por Mitre, por Alem o por Perón. Quisimos que la revolución fuera un sueño eterno, fuimos brutales a la hora de cegar y silenciar los sueños de los demás. Estaqueamos, encepamos, picaneamos. Nos hicimos los distraídos. Usufructuamos beneficios de planes económicos que hundieron al país, hundimos al país, lo levantamos a “prepotencia de trabajo”, “fuimos lo que debimos ser y no fuimos nada”. Fuimos derechos y humanos, civilizados y bárbaros, y claro, aterradoramente bárbaros cuando creíamos ser civilizados. Como casi todas las naciones del mundo hemos sido el cielo y el infierno.
Pero quizás hay dos características que sobresalen en este canto a la argentinidad al palo que significa esta columna. Dos características culturales que nos han marcado durante años, sobre todo a esta ciudad que hoy no se embandera como debería hacerlo. Arturo Jauretche habló ya de la “tilinguería” asumida por los sectores dirigentes y medios de la sociedad argentina. El tilingo es aquel que vive su existencia como si fuera algo que no es, es quien no defiende su identidad, quien defiende los intereses de aquello que no es, para semejarse a lo que aspira ser.
El autor de El Medio Pelo se quedó corto. La principal característica de los sectores dirigentes argentinos –empresarios, comunicadores, políticos, militares y ruralistas, entre otros- es lo que los mexicanos conocen como “malinchismo”. Término que deriva de la india Malinche que traicionó a los suyos acostándose con el conquistador Hernán Cortés, describe la conducta de deshonrar, desacreditar, hablar mal de lo propio admirando desmedidamente lo extranjero. Desde Bernardino Rivadavia a Domingo Cavallo los argentinos hemos aplicado muchas veces políticas económicas “malinchistas”; la ausencia de una verdadera burguesía nacional habla de nuestro “malinchismo”; desde el Facundo, de Sarmiento, a El atroz encanto de ser argentino, de Marcos Aguinis, nuestros intelectuales han sido “malinchistas”.
Incluso hablar de nuestro “malinchismo”, como hago en esta nota, es un acto “malinchista”.
Nuestra otra característica bicentenaria es el desprecio por los sectores populares. Por los indios, por los pobres, por los negros. Mientras los pueblos originarios realizaban su histórica marcha por Buenos Aires, los principales medios de comunicación “zocaleaban”: “caos de tránsito en la ciudad”. Es decir, los manifestantes eran invisibles como lo fueron durante siglos. Pero no sólo los habitantes de los pueblos originarios son invisibilizados. Más del 50 por ciento de la población argentina es mestiza y la mayoría de ese sector es pobre. Demasiada coincidencia para un país que se denomina a sí mismo “un crisol de razas”. Los argentinos tenemos el peor tipo de racismo: el racismo solapado, aquel que no se ve, que es apenas perceptible, pero se sufre. Sólo el peronismo interpeló a esos “cabecitas negras” y por eso obtuvo su fidelidad identitaria. Y el racismo argentino es consecuencia, sin duda, de nuestro “malinchismo”.
Por eso sorprendieron las lágrimas de la presidenta. Porque la humanización del acto del Bicentenario -en un gesto salido de libreto- nos recuerda que la Patria –“que hacemos entre todos y todos los días”, como dijo ella- es un desborde sentimental. Porque en esa emoción se coló la idea de que esta Patria mal entrazada somos todos: el chango de Iruya, la maestra mendocina, el oficinista entrerriano, el canillita porteño que hoy le tiró este diario debajo de la puerta, la piba que vende los chipá en el tren, el esquilador patagónico, el granadero que custodia los restos de San Martín, nuestros abuelos, las novias y novios que tuvimos, el profesor que nos hizo mejores, los amigos y, claro, usted, que lee estas líneas y yo que acabo de escribirlas. En cada cosa que decimos y hacemos individualmente se nos cuela un rincón de Patria. Porque todos somos un poco ella. Allí reside el secreto. No vivimos en “este país de mierda” como turistas rezongones. Todos somos parte de esta Patria dulzona y maltratada.
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